El jefe del anexo de Boca Pachiri también ha recibido amenazas de los invasores. Esto comenzó en el 2017, cuando llegaron y se instalaron para sembrar ilegalmente hojas de coca. Foto: Vanessa Romo / Mongabay Latam
El jefe del anexo de Boca Pachiri también ha recibido amenazas de los invasores. Esto comenzó en el 2017, cuando llegaron y se instalaron para sembrar ilegalmente hojas de coca. Foto: Vanessa Romo / Mongabay Latam
Por Mongabay Latam

A Ángel Pedro Valerio se le escucha intranquilo. Su cargo como presidente de la Central Asháninka del Río Ene (CARE) le demanda tener comunicación constante con 19 comunidades y 33 anexos del río Ene, en la selva central peruana, pero en estos 57 días de aislamiento por la crisis del COVID-19 no ha podido hacerlo. Solo ha podido hablar con unas pocas comunidades a las que llega la señal y lo que escucha del otro lado de la línea telefónica alimenta más su preocupación. Por disposición de la CARE todos han cerrado sus territorios, aunque saben que resulta difícil vivir de lo que la tierra produce cuando gran parte de esta ha sido depredada por los cultivos ilegales de hoja de coca.