
Es mediodía del miércoles 16 de agosto de 2007. Hace dieciocho horas se produjo el terremoto de Pisco. En un ambiente del antiguo hospital de esa ciudad, una pareja es captada por la cámara del fotógrafo Luis Choy. La mujer se llama Olivia, tiene veintidós años, estudia inglés en un instituto del centro. Él es Dante, cuenta con veinticinco, trabaja como cobrador de combi. No están casados, pero tienen una hija, Allison. En el momento del terremoto, Dante estaba con la niña en un taller de las afueras; se refugiaron en una esquina, tratando de que no les cayeran encima los postes de luz, que empezaron a desplomarse como fósforos. Luego corrieron a la plaza de armas; Dante dejó a su hija con una mujer de confianza y se echó a buscar a Olivia por todos lados, incluso entre las víctimas tendidas en la vía pública, destapando a los muertos que estaban cubiertos con frazadas, rogando porque su mujer estuviera viva. Recién una hora después se enteraría de que Olivia se encontraba en una posta médica, con heridas graves en una pierna que había quedado atrapada bajo una pared derruida. «Su herida era profunda, se le veían sus huesos», le contó Dante a Luis García Bendezú, el reportero de El Comercio que cubrió la tragedia.
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