Los niños del Perú merecen un país libre de discriminación. (Foto: Andina)
Los niños del Perú merecen un país libre de discriminación. (Foto: Andina)

Ante los resultados de las elecciones presidenciales de este año, la reacción de un reconocido influencer peruano causó revuelo en el internet al lanzar comentarios discriminatorios hacia el electorado andino. Lo más indignante fue el hecho de que sus seguidores apoyaron, incitaron y aceptaron este tipo de comportamientos. Este caso llegó a un proceso judicial por el Ministerio de Cultura del Perú; sin embargo, cada día somos testigos de comentarios discriminatorios hacia nuestra cultura y hacia nuestra propia gente y vemos que la queda impune.

Según la Defensoría del Pueblo, desde el 2000 hasta el 2022, se registraron 4.737 casos de discriminación en el país. De estos, solo 25 obtuvieron una sentencia firme. Por otro lado, según la Encuesta de Percepciones de Discriminación Étnico-Racial, más del 50% de peruanos ha sufrido discriminación. No obstante, muchas personas que han sido discriminadas se niegan a hablar sobre lo sucedido, por lo que el número real de casos sería mucho mayor.

Un testimonio cercano a quienes escriben este artículo ilustra un escenario típico de discriminación en nuestro país, dónde muchas veces se obliga a las personas a callar o a demostrar constantemente su valor para ser reconocidas.

“En los años 90, cuando llevé a mis hijos a un colegio de alto nivel social, el personal me marginaba por ser provinciana. En las reuniones no me dejaban opinar ni respondían a mis preguntas, como si no tuviera derecho a participar. Al inicio guardé silencio, pero con el tiempo reclamé mi lugar y exigí ser escuchada. Tuve que esforzarme el doble para que me aceptaran, haciendo regalos en efectivo, organizando eventos y haciendo favores” indicó la entrevistada.

Todo esto no solo revela la falta de justicia frente a la discriminación, sino también un problema fuertemente arraigado en nuestra convivencia. En los últimos años, se empezó a popularizar en nuestro país una frase: “El mayor enemigo de un peruano es otro peruano”. Ello sintetiza una verdad incómoda: muchas veces somos nosotros mismos quienes rechazamos y ridiculizamos una cultura que también nos pertenece.

El escenario se presenta aún más desolador si tenemos en cuenta que nuestra cultura e historia es una de las más ricas y diversas del mundo. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a menospreciarla y hemos olvidado de dónde venimos y quiénes somos. Es un error considerar a la discriminación como un problema aislado, debido a que su manifestación debilita nuestra nación y nos impide reconocernos como parte de un mismo país.

Se suele pensar que solo somos testigos de la sociedad cruel y discriminatoria que nos dejaron nuestros antecesores, pero mantener una postura indiferente es uno de los mayores pilares de la discriminación en nuestro país. No es una hipérbole, es la realidad. En muchos casos, al ser una nueva generación, heredamos la falta de valores éticos y culturales. Es momento de desaprender aquellas malas costumbres y levantar a nuestro país de los escombros culturales y cívicos. Tomemos este país acostumbrado a menospreciar su cultura y enseñémosle a amarse; a amar sus lenguas, sus bailes, sus platos típicos, sus costumbres, a amar todo lo que significa Perú, aún cuando su diversidad también se manifieste en opiniones que no compartamos.

Más allá de las cifras, la discriminación deja consecuencias que no siempre pueden medirse. Afecta el autoestima, limita oportunidades de estudio y trabajo, deteriora la confianza entre los ciudadanos y profundiza las desigualdades sociales. Cuando una persona es discriminada por su origen, su lengua o sus costumbres, no solo se vulneran sus derechos, sino que también se pierde la oportunidad de construir una sociedad que aproveche la riqueza de su diversidad. Combatir este problema no consiste únicamente en sancionar a quienes discriminan, sino en transformar la forma en que nos relacionamos y entendemos nuestra identidad como peruanos.

En síntesis, la discriminación en el Perú es estructural, está normalizada y no es un hecho aislado, y ello se demuestra en la indiferencia colectiva y la falta de valores éticos. A la vez, a lo largo del tiempo ha aumentado por los prejuicios y la falta de identidad cultural.

Los casos visibles como los que se evidencian en las redes sociales y en los testimonios cotidianos muestran que este hecho no solo persiste, sino que también afecta en la convivencia y la igualdad entre los ciudadanos de manera cotidiana. Por ello es fundamental cuestionar las actitudes que permanecen y asumir un compromiso real y poner en valor la diversidad que nos define como peruanos. Todo esto es necesario para poder avanzar hacia una sociedad más equitativa, donde el respeto no falte y sea una norma.

Autores

Esta nota fue elaborada por las corresponsales escolares del colegio San Andrés (Cercado de Lima, Lima): Valentina Paola Arce Polin, Ana Sofía Valencia Sulca, Hadassah Marlene Herrera Herrera, Gianela Elvira Quevedo Diaz y Adriana Mia Quiroz Wong. El equipo contó con el apoyo de la docente Teófila Mercedes Cordero Lovera y el periodista de El Comercio Fabrizio Monge.

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