El activismo, como herramienta para el equilibrio de poderes e intereses, o como la vía que los ciudadanos y las organizaciones asumen para hacer valer su posición o aporte frente a los problemas que caracterizan la realidad del entorno, ha vivido una auténtica transformación en los últimos años. Antes, los únicos con la capacidad de ser activistas eran los movimientos globales bien organizados, -que entre otras cosas, y con el tiempo-, alcanzaron algunos de los derechos con los que contamos; hoy en día, el poder recae más en los individuos y en su capacidad para promover y alcanzar el propósito que los mueve.

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