Durante siglos, América Latina recibió doctrinas, modelos educativos y formas de interpretar la fe elaboradas lejos de sus conflictos. El Centro Ecuménico de Servicios a la Evangelización y Educación Popular (por sus siglas, CESEEP) propone invertir esa dirección. Es decir, no mirar la realidad latinoamericana desde una teología importada, sino pensar la fe desde la experiencia concreta de quienes enfrentan pobreza, desigualdad, exclusión y violencia.
El CESEEP, fundado en São Paulo en 1982, forma liderazgos cristianos, sociales y comunitarios en América Latina, el Caribe y África. Su trabajo recoge la tradición de la teología de la liberación y la pedagogía de Paulo Freire. Antes de enseñar, escucha; antes de formular respuestas, parte de la vida, de las contradicciones y de los saberes de cada comunidad.
Esa metodología constituye una experiencia decolonial. No porque rechace todo conocimiento externo, sino porque parte de los conocimientos construidos desde las bases, a partir de la vida cotidiana, las luchas y los aprendizajes de las comunidades. En el CESEEP, campesinos, docentes, agentes pastorales, activistas y representantes de movimientos sociales producen conocimiento desde sus propios territorios y experiencias.
La teología de la liberación, cuyo principal fundador fue el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, sostiene que la fe cristiana no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de los pobres. Creer implica actuar para transformar las estructuras que generan injusticias. En Brasil, esta corriente encontró destacadas voces, como Leonardo Boff, quien vinculó la pobreza con la crisis ecológica, y Frei Betto, quien articuló espiritualidad, educación popular y compromiso político. También encontramos a Ivone Gebara, que incorporó las perspectivas feminista y ecofeminista; y a José Oscar Beozzo, que profundizó en la historia de la Iglesia latinoamericana, las comunidades eclesiales de base, así como en el ecumenismo.
El ecumenismo, por su parte, es el encuentro y la cooperación entre distintas iglesias y tradiciones religiosas. El CESEEP lo adopta porque entiende que la defensa de la dignidad humana no puede depender de una sola confesión. En sus espacios participan católicos, metodistas, luteranos, evangélicos, pentecostales, integrantes de religiones afrobrasileñas, budistas e incluso personas sin afiliación religiosa. De este modo, la diversidad deja de ser una amenaza y se convierte en una fuente de aprendizaje.
Esta práctica tiene una importancia política y espiritual. En sociedades fragmentadas como la nuestra, las iglesias pueden optar por competir entre ellas o construir causas comunes como el derecho al trabajo, la vivienda, el agua, la tierra, el cuidado del planeta y la protección de los y las más vulnerables.
El CESEEP demuestra que la teología también puede ser una forma de educación ciudadana. Desde el sur, y junto a movimientos como el de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), mantiene viva la convicción de que la fe recupera su sentido cuando ayuda a construir una sociedad más justa, digna y solidaria.