Ben Hur (1959), María Magdalena (2018), El árbol de la vida (2011) y La llegada (2016), cuatro películas que muestran, a su manera, el misticismo.
Ben Hur (1959), María Magdalena (2018), El árbol de la vida (2011) y La llegada (2016), cuatro películas que muestran, a su manera, el misticismo.

El 2018 vimos en pantalla grande a Rooney Mara interpretando a María Magdalena en la película del mismo nombre. Bajo la dirección del australiano Garth Davis, nos encontramos con una Magdalena entregada en alma —y feminismo— a un Jesucristo encarnado por Joaquín Phoenix. La relación de complicidad entre ambos personajes desata los celos —y el machismo— de un vehemente Pedro, papel que cayó en Chiwetel Ejiofor. Esta interesante perspectiva de la historia del Nuevo Testamento bíblico tiene todos los ingredientes que hemos visto en más de uno de los clásicos de Semana Santa, sin embargo, está lejos de convertirse en uno; básicamente porque la espiritualidad llevada hoy a la pantalla tiene otras cosas que decir, más allá de los conocidos personajes bíblicos.

¿Debemos decir cine místico, cine bíblico, cine religioso, cine espiritual? ¿Qué nombre le calza a este tipo de películas? El filósofo español Gustavo Bueno, en el artículo “¿Qué significa cine religioso?”, publicado en la Revista portuguesa de filosofía, en 1995, dice que este rótulo se utiliza ordinariamente, sin mayores dificultades, para designar a un cierto “género cinematográfico” en el que se incluyen “series” o “conjuntos” de películas de temática y orientación definida, sin duda, de un modo convencional. Sin embargo, plantea: “Supongamos que entendemos la religión como la relación que los hombres mantienen con un Dios infinito ¿cómo podríamos encerrar a Dios, no ya en el templo, sino en un film? Dios es ubicuo, está en todas partes, luego ¿por qué va a ser más religioso un film que otro, o una “película religiosa” que una brizna de hierba?”

Dejando de lado esa pregunta de difícil respuesta, la crítica de cine española Belén Ester tiene otra mirada. Ester escribió que es la representación de lo sagrado en el cine es una de las formas de expresión de la fe más radicales y modernas del siglo XX, y hace la aclaración pertinente: el cine bíblico —desde La Pasión de Cristo de Albert K. Léar (1900) a La Pasión de Cristo de Mel Gibson (2004), contando toda el agua que ha corrido bajo el puente entre ambas películas— no se debe considerar necesariamente cine espiritual, ni mucho menos místico. “La grandeza de su relato no tiene por qué ir ligada a su vocación hermenéutica ni a la meditación teológica, de igual modo que una película de temática pagana puede ser profundamente religiosa y de intensa humanidad”, explica.

El sacerdote jesuita Juan Dejo Bendezú, SJ, director de Investigación de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, dice al respecto: “Con las películas de Semana Santa pasa casi lo mismo que con el sentimiento religioso de nuestro tiempo. Se siente que el relato cristiano se ha desgastado. Ya no se programan interminables versiones de la vida de Cristo y de cierta manera, lo alejamos; aunque a la vez, creo, nos vamos acercando un poco más a una dimensión espiritual que es a la larga, lo que él buscó comunicar con su vida... Nos habíamos acostumbrado a pensar que las películas del relato de Jesús o de los santos eran las únicas maneras de acceder a lo “místico”. Lo místico no es un mero contenido doctrinal, o un relato que sigue a pie juntillas lo que dicen los textos religiosos canónicos. Pueden serlo, como sucede con El Evangelio según San Mateo, de Passolini, pero no siempre”.

Mística contemporánea

En esa línea, Ricardo Bedoya, crítico de cine y docente de la Universidad de Lima, marca una línea diferenciadora: “Si pensamos en las películas de los años 50, 60, las grandes producciones que ilustraban grandes episodios de la Biblia o del Evangelio, efectivamente ya no se hacen. Entonces se hicieron porque correspondían a la época en la que el cine competía con la tv y por lo tanto tenía que hacer espectáculos muy grandes. Pero el cine espiritual se hace también de otra manera. Están, por ejemplo, Juana de Arco o La Humanité, de Bruno Dumont, películas muy claramente inscritas en la línea de lo trascendente. O las de Apitchatpong Weerasethakul, el cineasta tailandés que muestra el mundo de las creencias religiosas, del budismo, de los vivos y los muertos coexistiendo, o el cine de Terrence Malik, como El árbol de la vida o Una vida oculta”, señala.

Juan Dejo nos regala más ejemplos: “Mística es la mirada de Ingrid Bergman, encerrada como loca por su marido, por haberse dedicado a los más menesterosos (Europa 51, de Rossellini); o la escena final de 8 y 1/2, de Fellini, quien, a través de la representación de una crisis personal, termina haciéndola pretexto para representar nada más y nada menos que el sentido de la vida y del acto creador entero. Místico es el encuentro entre Amy Adams y el extraño tipo de existencia venido de algún lugar del universo totalmente ajeno, y sin embargo tan cercano por compartir el lenguaje (Arrival, de Villeneuve). Los ojos de Jodie Foster totalmente entregados en éxtasis a la Otredad, luego de atravesar un “agujero-gusano” en el espacio-tiempo (en Contacto, de Zemeckis) son similares a la intensidad de Babette, quien en un solo festín gasta toda su herencia para que un grupo de ancianos austeros recuperen el goce de la existencia (El Festín de Babette, Axel, 1987)”.

Este artículo bien se pudo titular “La mística en el cine más allá de Ben Hur”. Con todo respeto a la magnífica carrera de caballos.


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