Lo que nos puede decir la serie “La dimensión desconocida” a propósito de la pandemia, por Jerónimo Pimentel
A partir de un capítulo de la serie "La dimensión desconocida" cabe una reflexión acerca de cuán frágiles son las bases de nuestro acuerdo de convivencia.
Una de las obras maestras de Rod Serling, el creador y presentador de La dimensión desconocida, es el capítulo 68 de la tercera temporada titulado “El refugio”, uno de los pocos que no contiene elementos sobrenaturales en su formulación. En él, se muestra a un grupo de amigos en una celebración de cumpleaños interrumpida por una noticia alarmante: objetos desconocidos, presumiblemente misiles nucleares, se acercan al espacio aéreo de Estados Unidos. Bill, el dueño de casa, ha construido un refugio en su sótano y pronto guarece a su familia. Los demás no tienen adonde ir. El conflicto escala rápido y los viejos compinches ahora se revelan como enemigos. Las amenazas de violencia cobran víctimas: los vecinos vandalizan la casa del anfitrión e improvisan un ariete para tumbar la puerta del refugio. Precisamente cuando logran derribarla, la radio corta la acción: los misiles son, en realidad, simples satélites.
La premisa responde bien a las motivaciones de la época ( 1961, plena Guerra Fría ) y es un documento estupendo de cómo la propia sensibilidad norteamericana duda de los frágiles cimientos de su pacto social (el otro es un cuento, “El nadador”, escrito tres años después por John Cheever). A poco de formalizar el fin de la cuarentena, bien podríamos extrapolar la historia de Serling e intentar algunas preguntas a la luz —crepuscular— de su ejercicio de ficción.
Una de ella sería quiénes pudieron prepararse para esta tragedia y quiénes no. Sobre esa respuesta, cabe una reflexión acerca de cuán frágiles son las bases de nuestro acuerdo de convivencia y qué inútil es un Estado incapaz, 200 años después, de hacerse cargo del bienestar elemental de sus habitantes. Un país que acumula las reservas internacionales de Noruega, pero que cuenta con las camas de hospital por habitante de Siria es inviable y ciertamente grotesco. Como grotesco es que la emergencia nos revele entre dos extremos, los dos que anticipa la serie: solidarios o egoístas, atentos al infortunio del prójimo o dispuestos a cegarnos ante la desgracia ajena, comprensivos con la circunstancia del otro o feroces para juzgar y castigar al desprovisto. Cada quien, tarde o temprano, deberá dar una respuesta ante el espejo.
En la serie, el personaje que interpreta Larry Gates, luego del ataque a su casa y de su negativa de asistir a sus invitados, cavila alrededor de lo que, como comunidad, se ha perdido: ¿cómo será el mundo luego de que la catástrofe los reveló brutos y tribales? ¿Qué lazos se han roto y no se podrán restablecer? ¿Qué nos dicen los escombros de la normalidad destruida? Serling, como era costumbre, termina el episodio con un breve cierre: “No hay moraleja, mensaje ni profecía, solo un hecho: para que la civilización sobreviva, la humanidad tiene que permanecer civilizada”.
"El refugio", capítulo de La dimensión desconocida (Foto: Filmaffinity)