En "Una muchacha bajo su paraguas", Carmen Ollé rememora en clave autoficcional su vida en París de los 70. Derecha: una fotografía de aquella época junto al poeta Enrique Verástegui y la hija de ambos, Vanessa. (Fotos: César Campos/archivo de la autora)
En "Una muchacha bajo su paraguas", Carmen Ollé rememora en clave autoficcional su vida en París de los 70. Derecha: una fotografía de aquella época junto al poeta Enrique Verástegui y la hija de ambos, Vanessa. (Fotos: César Campos/archivo de la autora)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

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Dentro de la oscuridad, un resquicio se ilumina. Pocos minutos antes de conversar por el teléfono, (Lima, 1947) ha recibido la noticia de que será vacunada contra el COVID-19 dentro de pocos días, como parte de la población que ya supera los 70 años. Una dosis de tranquilidad tras más de un año de confinamiento, incertidumbre, miedos, e incluso la pérdida de un familiar, .

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Pero el motivo de la conversación es otro, y también feliz: la reedición de “Una muchacha bajo su paraguas” (Intermezzo Tropical, 2021), hermosa novela corta originalmente publicada en el 2002 y que se remonta al relato personal de su experiencia en París, en la segunda mitad de los 70. Años en los que quiso alejarse de la dictadura de Francisco Morales Bermúdez para refugiarse en la bohemia francesa. Una bohemia a medias, eso sí: alejada de los clichés del artista y más bien condicionada por su naturaleza de mujer y madre sudamericana en Europa.

Como cuando escribe: “Las mujeres que yo conocía eran rebeldes a pesar de todo. A pesar de que no se propusieron romper con ninguna norma de vida. Si así lo hicieron, debió ser porque fueron arrastradas por la pasión, los amantes, el alcohol, los hijos ilegítimos. O tal vez no notaron que rompían con algo sagrado. Eran silvestres antes que subversivas y habían sufrido mucho”.

Con “Una muchacha bajo su paraguas”, Ollé nos entrega un libro de enorme belleza e intensidades. Como una tormenta sobre la naturaleza limpia. Necesario rescate de nuestra mayor escritora viva. Y de eso conversamos con ella.

Carmen Ollé, Enrique Verástegui y la pequeña Vanessa, hija de ambos. (Archivo personal de Carmen Ollé)
Carmen Ollé, Enrique Verástegui y la pequeña Vanessa, hija de ambos. (Archivo personal de Carmen Ollé)

Primero quisiera preguntarte por el proceso de escritura en sí: ¿se sostiene en la pura memoria o en textos escritos durante aquella época en Francia?

Esto surge cuando regresé de París en 1980. Desde allá había le mandado mi primer libro [”Noches de adrenalina”] a Luis Fernando Vidal, y mientras esperaba que se publicara escribí “Una muchacha”, inspirada un poco en una lectura en el avión de regreso de París, un viaje tan largo. El libro era , que me gustó mucho por su escritura no lineal. Yo quise hacer una cosa así sobre mi experiencia en París, una especie de autoficción, porque es eso, pero sin una estructura lineal.

Me gustó ese tono que atraviesa varias emociones –la angustia, la soledad, la excitación–, pero quería consultarte por el ánimo al escribirlo: ¿podrías describirlo como un libro escrito con todo menos con nostalgia?

Bueno, es verdad que no lo escribí con nostalgia ni había nostalgia después de que lo escribí. Pero sí es algo que trato de recuperar de mi experiencia allá en París, cuando quería vivir la bohemia, quería viajar, quería caminar, quería estar libre y no ser solo un ama de casa y trabajar. Por eso me gustaban las reuniones y siempre estaba anhelando ver a alguien, conversar, salir, caminar, tomar una copa, ir a una reunión. Ese era mi ánimo. Yo era bastante joven, pero estaba con una niña pequeña y no podía desbandarme.

Mencionas que estabas “sometida a tu tarea como madre”. ¿Qué tan diferente hubiera sido esa vida sin tener una familia?

Uf, no sé… pero tengo ejemplos de amigas que viajaban a todas partes, que trasnochaban. Estaban en su aire, y era bonito. Yo también había conocido la bohemia, pero la conocía con mi esposo [Enrique Verástegui] y con la niña. Estábamos los tres, no yo sola.

También expresas cierto fastidio hacia las élites intelectuales, sobre todo la limeña. ¿En qué consistía ese rechazo?

Claro, eso ocurre en el regreso al Perú, que me provocó cierta frustración. Porque la verdad es que yo no quería volver, pero no se dieron las circunstancias favorables para quedarse en París. Estábamos de ilegales, yo trabajaba en casas, con una niña, vivíamos incómodamente en una buhardilla. Entonces lo que yo hago es comparar mi bohemia parisina con lo que había en Lima, que era muy poco interesante.

¿Y qué papel jugaban las mujeres dentro de esa bohemia? ¿Había muchas diferencias?

Sí había diferencias, pero también mucha amistad, un espíritu grupal de mujeres de distintas profesiones y distintos países. En el libro yo hablo de una noruega, de una chica de Guadalupe, de una pareja arequipeña que no eran intelectuales. Y algo que me pasaba cuando hacíamos las reuniones de poetas en las buhardillas (a las que acudieron incluso Julio Ramón Ribeyro o Rodolfo Hinostroza, que no vivían en las buhardillas), es que yo prefería quedarme con las esposas, con las parejas, porque eran mujeres muy simpáticas; españolas, colombianas con un discurso muy agradable, muy anecdótico. Estar con ellas me parecía más divertido que escuchar las discusiones literarias.

Portada de la primera edición de "Una muchacha bajo su paraguas" (2002), junto a una foto de Carmen Ollé en París. (Archivo personal)
Portada de la primera edición de "Una muchacha bajo su paraguas" (2002), junto a una foto de Carmen Ollé en París. (Archivo personal)

También mencionas la afinidad con tus “congéneres”: una niña árabe, los migrantes en general. ¿Te sentías más reconocida con esas minorías? ¿Sentiste discriminación también?

Sí, también había xenofobia. Eso sí, cuando llegamos a París, estaba el Estado de Bienestar, que nos daba muchas facilidades a los inmigrantes sin papeles. Mi hija, por ejemplo, estuvo inscrita en la Escuela Maternal y en la guardería sin problemas, a pesar de que yo era una turista ilegal. Y si te enfermabas, podías ir a un hospital, te atendían, y recién luego de eso te preguntaban si podías pagar; si no podías, te mandaban la factura a tu casa. En eso, Francia era estupendo. Pero por fuera, sí había cierto recelo con los extranjeros. Yo misma experimenté algunos actos de xenofobia.

¿Recuerdas algún episodio en que te sintieras afectada?

Sí. Una vez estaba entrando a una tienda con una puerta bien estrecha. Y al mismo tiempo apareció una señora bastante gorda, con una latita de monedas. Como las dos entramos a la vez, se le cayeron las monedas. Entonces ella me echó la culpa, y las vendedoras, que eran unas señoras mayores, también me echaron la culpa. Creo que salí corriendo, porque realmente me sentí señalada. También tuve un incidente con un policía de origen árabe o pakistaní, no recuerdo. En realidad un hombre francés lo había agredido con su auto, lo insultó y luego se largó. El policía me preguntó si yo podía atestiguar sobre la agresión, pero yo era ilegal y no podía. Solo me disculpé y me fui. Eso me dio mucha pena.

También haces referencia a la manera en que se yuxtaponen el París y la Lima de esa época. ¿Cómo percibías eso?

Lo que pasa es que cuando estás mucho tiempo en una ciudad, ya no te parece de postal. Yo llegué a comparar algunas avenidas de París con la avenida Salaverry, por ejemplo. Y lo mismo me pasó en Nueva York o en Sao Paulo. Cuando estaba allá, imaginaba que Miraflores era igual de alta que esas ciudades. Pero obviamente nada que ver [risas].

¿Y cuando volviste de París pensaste que en algún momento podías volver? ¿O era una despedida definitiva?

Claro que pensaba que volvería. Cuando vine de Estados Unidos, también pensé en volver. Siempre he pensado en eso cuando he regresado de viajes largos. Pero no es fácil. Porque parece que una viene acá y se clava. O la clavan a una. No sé.

Por cierto, ¿releíste el libro para esta nueva edición? ¿O no has querido revisarlo?

He preferido dejarlo en manos de los editores, ellos son los que se han encargado de corregirlo. Para una nueva edición en Argentina, incluso me pidieron cambiar algunos términos muy peruanistas, para hacerlo más accesible al lector de allá. Acá también se han editado algunas partes. Siempre consultándome, por supuesto. Solo he leído algunos fragmentos en recitales; pero releer completos los libros que uno ha publicado… pues no, no lo he podido volver a leer, ya está muy lejos. Y tampoco es que tenga ganas de hacerlo.

Nueva edición de "Una muchacha bajo su paraguas", novela corta de Carmen Ollé. (Foto: Piko Tamashiro)
Nueva edición de "Una muchacha bajo su paraguas", novela corta de Carmen Ollé. (Foto: Piko Tamashiro)


“Una muchacha bajo su paraguas”

Autora: Carmen Ollé

Páginas: 118

Editorial: Intermezzo Tropical


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