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Julio Hevia: colegas, amigos y alumnos recuerdan al intelectual

Julio Hevia falleció esta semana a los 65 años. El intelectual combinó, como nadie, agudeza y humor para diseccionar las jergas peruanas y otros fenómenos

Julio Hevia. (Foto: Richard Hirano/ El Comercio)

Julio Hevia, profesor, comunicador y psicoanalista también destacó en el periodismo. Sus últimos textos aparecieron en la revista "Somos". (Foto: Richard Hirano/ El Comercio)

Más que teórico, fue un meteórico. Y un intelectual con harta calle. Julio Hevia es evocado así por Jaime Bailón, comunicador y coautor del libro "Chicha power. El márketing se reinventa": "Fui alumno y jefe de prácticas de Julio por cinco años y puedo decir que trabajando con él empezó mi verdadera formación académica. Presentó a sus alumnos autores posestructuralistas que él conocía y trabajó con pasión: Foucault, Deleuze y Muniz Sodré (de este último fue amigo personal). Pero Julio era un profesor que hacía hablar a estos autores con nuestra realidad local y le añadía a todo una dosis de humor infrecuente en la mayoría de los académicos, quienes suelen ponerle demasiada solemnidad a sus saberes. Con Julio se va un tipo extraño de intelectual. Más que teórico, le gustaba reconocerse como meteórico y, de verdad, era un bólido para hacer cruces entre conceptos, autores y acontecimientos".

En efecto, el psicoanalista y comunicador Julio Hevia enarboló un estilo único, desparpajado, con esquina y brillante para desmenuzar una lista de temas que parecía interminable. O para extraerles nuevos sentidos: el lenguaje y sus símbolos están en permanente mutación y evolución. Entre sus devociones, las jergas y su devenir eran una prioridad. La visión punzante de Hevia era un vacilón.

El periodista y profesor Carlos Bejarano tiene muy presentes la destreza y la sabrosura de Hevia para auscultar y explorar el lenguaje oral. Él lo homenajea con estas palabras: "Habla, batería. ¿Quién es tu batería? ¿Amigo, no? Sí, amigo. No sé, Guillermo supongo. ¿Sabes por qué al amigo le dicen batería? Ni idea. Porque es el que te pone las pilas. El que te da energía. El que te recarga. ¡Qué maravilla! No lo sabía. Qué alucinante. Así era Julio. Un tipo al que escuchabas deseando que la próxima hora no tuviera clase. Había logrado lo que muchos deseamos: acortar la distancia que hay entre el discurso intelectual y los medios. Era capaz de explicarte Habermas de manera sencilla. Sí, Habermas para 'dummies'. No fue McCarthy, fuiste tú, querido Julio. Qué sencillo lo hacías todo. Hasta yo te entendía. 'La maravilla del idioma es que dos contrarios pueden juntarse y expresar una nueva idea en donde se complementen. Por ejemplo: puta madre. Lo más profano y lo más sublime del valor femenino se juntan para expresar que la pasaste bien'. Ay, Julio, cómo te vamos a extrañar".

DESTAPA CEREBROS
Posibles efectos luego de salir de una clase de Julio Hevia: 1) la sensación de haber asistido a una eléctrica sesión de hipnosis que no teme mancharse con la realidad peruana, 2) ser ciegos ante el saber resplandeciente y sentir que no se entendió nada (perdónanos, maestro), y 3) intuir que se abrió una ventana y entró un ventarrón que alienta a pensar diferente.

Miguel Ugaz, comunicador y director de MU Marketing & Content Lab, fue uno de esos agradecidos alumnos. Él le dedica a Hevia estas líneas: "Michael Jackson: cocainómano. El que se gana con 'siete Grammys en una noche'. Eso fue lo primero que leí el domingo pasado, cuando me enteré de que Julio estaba internado y con serio riesgo de vida. La definición es parte del rico glosario que cierra 'Habla, jugador' (2008), libro en el que Hevia no solo analiza, sino que deconstruye y explica la enrevesada jerga peruana. En el listado uno puede encontrar recursos para sobrevivir y encajar, ya sea en una discoteca de Asia o en una calle de La Victoria. Y eso eran sus clases en la Universidad de Lima. Construir y deconstruir hasta el cansancio no solo el lenguaje, sino las dinámicas de los grupos, el poder o la sumisión de la interacción humana. Como dijo alguien en uno de los miles de comentarios en las redes sociales de estos días, 'desde entonces no puedo ver a más de dos personas sin analizar los roles que cada uno asume'. Pasar por su curso era reventarte el cerebro leyendo a Foucault o a Lacan, y entender que detrás de cada uno subyacen claras motivaciones que configuran cómo entendemos el mundo. Eso, para un mocoso de 21 años, no solo forma, sino que también galvaniza. Es una pena que te hayas ido tan pronto, míster".

Así como intentaba destapar las mentes de sus alumnos, Hevia tampoco se cansaba de descubrirse a sí mismo. Su versatilidad abarcaba la cancha periodística. Como afirma Óscar Quezada, semiólogo y rector de la Universidad de Lima: "Julio se ha ido en uno de sus mejores momentos. Y entre sus múltiples facetas, él se estaba consolidando en la crónica periodística. Hace poco lo felicité por uno de sus textos publicados en la revista 'Somos'".

Quezada conoció a Hevia en 1979. La sintonía entre ambos fue instantánea. La complicidad incluía un saludable y fraterno duelo intelectual. El semiólogo lanzaba observaciones punzantes hacia el psicoanálisis, y Hevia contraatacaba con apuntes sardónicos sobre la semiótica. En esas idas y vueltas siempre afloraba la luminosidad intelectual. Acongojado, Quezada añade: "Estoy enfermo de dolor por su partida. Lo extrañaremos mucho".

PUNTO DE VISTA
​"Una mente sin pausa"
Por Óscar Quezada
(Semiólogo y rector de la Universidad de Lima)

Julio Hevia nunca se adaptó a ningún tipo de modelo o escuela. Él era su propia escuela, a la vez que su primer y mayor crítico. La suya fue una búsqueda apasionada. Un devenir.

De su legado destaca el estudio profundo de la comunicación y de la interioridad del ser humano, del fenómeno de las culturas, de las diversas prácticas significantes que pueden ser políticas, deportivas, económicas, etcétera. Julio era capaz de integrar todo tipo de expresiones, y de entrar y salir de ellas desde una perspectiva original, estimulante y desafiante.

Lo conocí en 1979. Desde un primer momento sentí que podía dialogar con él de todo. Creamos una amistad y una complicidad que abarcaba nuestra pasión por las ciencias humanas y sociales. Fue un compinche maravilloso.


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