Como no existe el poder perpetuo, salvo el de Dios, la respuesta es sí.
Pero como Nicolás Maduro jamás lo entregará –ha sido denunciado por lesa humanidad y narcotráfico, y terminará preso o muerto–, entonces, deberán arrancárselo. No será con invasiones –Venezuela, armada hasta los dientes, no es ni por asomo la Panamá de 1989, a la que ingresaron fuerzas estadounidenses para llevarse al narcopresidente Manuel Antonio Noriega–, sino, en cambio, con exclusivos actos endógenos; es decir, desde las propias entrañas de las Fuerzas Armadas, que están hartas de Maduro y de la cúpula militar que lo sostiene en el poder.
Coroneles, comandantes, etc., están listos para voltear la torta y, para ello, se requieren dos condiciones desde el realismo político. Primero, una finísima estrategia exógena para una acción transversal de inteligencia en el frente interno, efectivísima y sin fallas, y para ello Washington (Pentágono y la CIA) y otros países con poder estratégico relevante tienen mucho que aportar, pues las buenas causas jamás serán vistas como conspiraciones, sino como rebeliones, que es distinto.
Segundo, y de manera simultánea, debe haber protestas ciudadanas permanentes en todos los rincones del país, debidamente coordinadas con el mayoritario militarismo democrático que, contagiado del éxtasis social insurgente, decida dar el zarpazo esperado.
Su resultado se verá cuando Maduro, convertido en un completo cobarde, emprenda la huida como Bashar al Assad en Siria, o lo veamos en su mortal ocaso como Muamar Gadafi en Libia, ambos tiranos como él. Aprendí de mis maestros que en diplomacia siempre debe considerarse una ventana abierta, pero Maduro las ha cerrado todas, demostrando que no dejará el poder por las buenas, pues, burlándose y sin escrúpulos, ha tirado al suelo el Acuerdo de Barbados, que fue el último proceso serio para el retorno de la democracia en Venezuela.