En los últimos 35 años hemos experimentado más cambios que en los últimos 500 años. Más allá de los avances tecnológicos, ha cambiado la manera de ver el mundo. ¿Cómo gestionar esa dicotomía entre la artificialidad – humanidad? El 1° de abril fue el Día Mundial de la Educación, y es una ocasión para reflexionar y no perder de vista el verdadero sentido de la educación, que es formar personas capaces de dirigir su propia vida y ejercer plenamente su libertad.
Esta tarea no resulta sencilla. Se requiere empezar desde pequeños, promoviendo en ellos hábitos de autonomía y responsabilidad. Una persona no será capaz de dirigir su propia vida si desde pequeño no se le enseñó a ser autónomo o no se le permitió que asuma pequeñas tareas propias de su edad. Hoy en día, vemos una sobreprotección por parte de los padres hacia los hijos. Es natural que nos preocupe que nuestros hijos se frustren o sufran, pero quizás lo que más debería inquietarnos es que no aprendan a superar el sufrimiento o a gestionar sus frustraciones. Proteger en exceso no es cuidar, es debilitar. Los niños necesitan enfrentarse a pequeñas desafíos para “despertar” en ellos su fortaleza, su responsabilidad y autonomía. A medida que el niño va creciendo, las exigencias van aumentando, y se le irán presentando situaciones donde tendrá que ir tomando otras decisiones.
En un mundo donde las pseudoculturas ganan terreno, urge despertar en los estudiantes una cultura del sentido y la trascendencia, del saber y la generosidad. Es imprescindible despertar en ellos la cooperación, la escucha activa, la empatía, la solidaridad, la humildad y la sencillez. En definitiva, despertar humanidad. Ser auténticamente humano y mantenerse así es un reto y un arte. En estos tiempos donde existe crisis de identidad, de soledad, de ética, de atención, de confianza, se requiere formar el carácter, ir contracorriente para no dejarse llevar por una sociedad que promueve la inmediatez, el placer y el éxito material como metas en la vida.
Por otro lado, el uso excesivo de las redes sociales están llevando a los adolescentes a un mayor aislamiento y menor interacción social. En este contexto, las chicas suelen ser más vulnerables, pues utilizan estas plataformas con mayor frecuencia y tienden a preferir aquellas basadas en contenido visual, donde la comparación social es más intensa. Esto puede afectar su autoestima y bienestar emocional corriendo el riesgo de mayor inseguridad y menor satisfacción personal. Frente a esta realidad, la familia tiene un papel fundamental porque siempre actuará como un factor protector clave frente a los riesgos de las redes sociales, brindando guía y promoviendo el uso responsable de las pantallas y porque es el principal ámbito de valores
Hoy, más que nunca, urge que la educación se centre en cultivar lo verdaderamente humano, despertar en los estudiantes el amor por la verdad, la bondad y la belleza para que sean hombres y mujeres íntegros, líderes con propósito, capaces de transformar el mundo. Urge centrarnos en una formación integral que busque desarrollar no solamente la inteligencia, sino también la voluntad y la afectividad.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.