Uno no deja de asombrarse ante los oportunistas, los rapaces y los farsantes que constituyen el elenco estable que sobrevive, a punta de balazos o de cinismo, en el Perú del abismo infinito. Sin embargo, más allá de una nueva constatación de los mecanismos de defensa de un ecosistema definido por el egoísmo, la soberbia y la violencia, es necesario recobrar un término –me refiero al ‘asombro’– sobre el cual se ha escrito mucho. Porque utilizado en la más radical de sus acepciones (despejar la oscuridad) el asombro ante la vida –pienso en los maravillosos atardeceres costeros– puede nutrirnos emocional y mentalmente para enfrentar estos tiempos de espanto y confusión. Tiempos recios donde uno no termina de recuperarse del acuchillamiento de una madre y su hija, para robarles el celular, cuando se encuentra con una nueva balacera que no hace sino acercarnos irremisiblemente al reino del horror. Tuve el enorme privilegio de participar en el Congreso de FLAPPPSIP, en medio del enésimo cambio de presidente y la violencia que ese degradado ritual desató entre las llamadas “fuerzas del orden” y una juventud exhausta, indignada y desilusionada.
En ese dramático contexto, los miembros de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Psicoterapia Psicoanalítica y Psicoanálisis coincidieron en un país que, como el Perú, exhibe serios problemas de salud mental. Apelar al poder de la palabra sanadora planteando, además, la importancia del asombro, del amor y la creatividad me pareció una excelente estrategia de “sostenibilidad mental” para una sociedad moralmente quebrada como la nuestra.
En la ponencia con la cual participé decidí aproximarme al asombro desde una perspectiva humanística, subrayando el papel que están obligadas a cumplir las humanidades en esta etapa de crueldad extrema. Y en ese contexto recordé a tres notables personajes, Manchan Magan, Jane Goodall y Diane Keaton, que hace poco nos dejaron no sin antes recordarnos la importancia del asombro ante el milagro de la vida, que sigue abriéndose paso a pesar de la inocultable apuesta por la muerte que ensangrienta el planeta. El primer “asombrado” que nos dejó tempranamente fue el irlandés Manchan Magan. Viajero, documentalista, estudioso del gaélico –el lenguaje nativo de Irlanda– pero por sobre todo analista de las conexiones del hombre con su entorno natural, Magan nos regaló una frase genial para estos tiempos del sálvese quien pueda. “Las ciénagas, los ríos y las costas son más que la presencia de viejos mitos, huesos y recuerdos. Son bancos de energía y esponjas del tiempo, y lo que se aferra a ellos busca liberarse”. La segunda “asombrada” con el reino animal fue la primatóloga Jane Goodall, quien no solo se internó por décadas en la selva para entender el comportamiento de los chimpancés, sino que en esa tarea se humanizó afirmando que cada uno de nosotros importa, porque tiene un rol que jugar en esta maravillosa creación que nos empeñamos en destruir. Para Jane, el espectáculo natural más asombroso era la migración de las cigüeñas, a las que año a año fotografiaba mientras las hermosas aves buscaban su camino a la autopreservación. En esa misma clave, noble, curiosa y amorosa, la conservacionista se asombró ante el universo único de los chimpancés, quienes tenían diversas personalidades, emociones y una compleja vida social, similar a los humanos.
“A esta edad, todo parece mucho más asombroso. Cómo, ¡Dios mío, mira este sicómoro! ¿Por qué no lo vi antes? Hay un aspecto mágico, una maravilla, en estar en este planeta”, señaló Diane Keaton, otra de las ilustres “asombradas” quien, además de dejarnos un legado cinematográfico extraordinario, será recordada por su amor a la vida, en sus múltiples expresiones. Y fue a partir de esta constatación del asombro como un sentimiento que imbrica entendimiento y creatividad e, incluso, genera una ética personal propia, que volví a la obra de Jeremy Bendik-Keymer. En conversación con la filósofa Martha Nussbaum (“la alegría es revolucionaria”), este autor se refiere a los “bloques de amor” que instalados tempranamente en los niños constituyen un escudo mental contra la violencia, el narcisismo y todas las perversiones de una sociedad tan deteriorada como la nuestra. La sobrevivencia humana impone volver a lo auténtico –lo que incluye, de acuerdo con Bendik-Keymer, nuestra compleja humanidad– que tiene al asombro, la imaginación y el amor –propio y ajeno– como sus aliados. Ciertamente, es desde el activismo silencioso y cotidiano, donde, entre otros espacios posibles, es imprescindible proseguir dando la batalla por la vida que, en estos momentos de espanto, atraviesa su etapa más dura y decisiva.
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