En los negocios, nadie tomaría una decisión importante escuchando una sola opinión. Cuando una organización evalúa una inversión relevante, una adquisición, una nueva estrategia o una expansión, convoca múltiples perspectivas. Participan especialistas, líderes funcionales, asesores externos y equipos con experiencias distintas. No porque alguno posea la verdad absoluta, sino porque cada uno observa una parte diferente del problema.
El criterio suele surgir del contraste. Resulta curioso que, en pleno auge de la inteligencia artificial, estemos haciendo exactamente lo contrario. Millones de personas formulan una pregunta a un modelo, reciben una respuesta y la aceptan como una conclusión.
Parte del problema es que seguimos utilizando los modelos de inteligencia artificial con una mentalidad heredada de la era de los buscadores. Durante más de dos décadas aprendimos a usar la tecnología para encontrar información. Hacíamos una pregunta, obteníamos una respuesta y seguíamos adelante.
Pero la inteligencia artificial representa una posibilidad distinta. Un buscador nos ayuda a encontrar respuestas. Un modelo de lenguaje puede ayudarnos a explorar alternativas, desafiar supuestos, evaluar escenarios y enriquecer nuestro razonamiento.
En contextos de toma de decisiones complejas (evaluaciones estratégicas, análisis de mercado, diseño de iniciativas institucionales) he observado consistentemente que distintos modelos, ante el mismo problema, no solo responden de manera diferente; en ocasiones llegan a conclusiones opuestas. Lo que inicialmente puede parecer una inconsistencia es, en realidad, una de las características más valiosas de esta tecnología.
Cuando consultamos un solo modelo obtenemos una perspectiva. Cuando consultamos varios, obtenemos contraste. Y cuando existe contraste aparece algo extraordinariamente valioso para cualquier persona que tenga que tomar decisiones: fricción cognitiva.
La fricción cognitiva aparece cuando una respuesta desafía a otra. Cuando un argumento expone una debilidad que inicialmente no habíamos visto. Cuando una conclusión aparentemente sólida deja de parecer tan evidente.
Es precisamente esa tensión la que produce criterio. No porque los modelos tengan la respuesta correcta, sino porque nos obligan a examinar nuestras ideas con mayor profundidad. Múltiples perspectivas ayudan a identificar supuestos ocultos, reducen puntos ciegos, exponen sesgos que pueden pasar desapercibidos en una sola respuesta y disminuyen la probabilidad de aceptar una conclusión incorrecta simplemente porque fue presentada con confianza.
Por primera vez en la historia, una persona puede acceder a múltiples enfoques sobre un mismo problema en cuestión de minutos. Lo que antes requería convocar a expertos, coordinar reuniones o esperar semanas, hoy puede ocurrir en una conversación.
Eso no reduce la importancia del criterio humano. La aumenta. Porque cuando el acceso a la inteligencia se democratiza, la ventaja competitiva deja de estar en obtener respuestas y pasa a estar en formular mejores preguntas, interpretar mejor las señales y tomar mejores decisiones. La conversación sobre inteligencia artificial no debería limitarse a cuánto tiempo nos ahorra o cuánto costo nos reduce. Esas ventajas son reales, pero son apenas el comienzo.
La oportunidad más importante puede ser otra: utilizar la inteligencia artificial para enriquecer nuestro pensamiento. Quizá la pregunta más relevante para empresas, profesionales y estudiantes no sea cómo usar inteligencia artificial para trabajar más rápido. Tal vez sea cómo utilizarla para pensar mejor.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.