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Del laberinto a la utopía, por Raúl Zegarra

“¿Qué serían nuestras naciones sin esos ideales que nutren sus raíces?”.

Raúl Zegarra Filósofo y teólogo

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"La utopía es, en cierto sentido, la cura que nos saca del laberinto". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Motivado por la reciente columna de la Dra. Carmen McEvoy en la que la figura del “laberinto” orienta el análisis de nuestro conmocionado mundo político, quisiera tratar de dilucidar los acontecimientos recientes apelando a una imagen distinta. La imagen, por lo demás, le es muy familiar a McEvoy, quien le ha dedicado una porción importante de su trabajo.

Utopía” es la imagen que propongo. Como “laberinto”, ella tiene connotaciones espaciales y supone también cierta inestabilidad y contingencia, aquella, precisamente, de no (“ou”) tener lugar (“topos”). En efecto, después del subibaja de emociones suscitadas en las últimas semanas y coronadas con el indulto a una de las figuras más controversiales de la historia republicana, muchos de nosotros nos sentimos extraviados, como si nuestro país nos fuese ajeno. Imaginémonos ahora a las víctimas. 

Así, la idea del laberinto marca el extravío, la ansiedad de no encontrar la salida, el temor a permanecer siempre desorientados y perdidos. Algo de esa desorientación se asoma también cuando pensamos la “utopía”, pero su uso abre una posibilidad distinta: la de un lugar ideal. Ciertamente, la utopía no existe, pero solo porque ella está aún por hacerse. La paradoja radica, sin embargo, en que se trata de un quehacer permanente. 

Es verdad que en el uso corriente, utopía suena a quimera y se menta con el objetivo de desestimar a soñadores que no ponen los pies en la tierra. Mas lo que esta lectura pierde de vista es que los ideales no son mera quimera, sino la fuerza que motiva nuestra capacidad para transformar el mundo. Sin ideales, la vida pierde el gusto de ser vivida. Y, en tiempos de crisis, sin ideales, el laberinto nos atrapa sin luz que indique la salida. 

De hecho, como ha notado el sociólogo Robert Bellah, los ideales tienen incluso un rol en la evolución de la especie. Ellos nos extraen del día a día para pensar en aquello que podemos ser, pero que aún no somos. Así, todos sabemos que podríamos haber hecho esto o aquello de mejor modo. De la misma suerte, sabemos también que podríamos ser una mejor familia o un mejor país. 

Los ideales son centrales en la construcción de nuestra imagen personal, pero lo son también en el modo en que nos entendemos como nación. Hoy muchos jóvenes y no tan jóvenes marchan en las calles batallando por ideales; mujeres y hombres obstinados que no renuncian ante lo que otros consideran imposible. Y muchos, sentados en la comodidad de sus casas o trabajando en la faena diaria, los ven con sorpresa . “¿Para qué marchan, si todo seguirá igual?”, sostienen algunos con el cinismo de quien genuinamente ha sido defraudado siempre. O, peor, otros con tono de gamonales los mandan a trabajar con desprecio, sugiriendo que la protesta es un lujo de holgazanes. 

Pero los críticos pierden de vista una realidad ineludible de la historia: que la protesta política es siempre la savia que le da vida a los ideales que mantienen viva a la república. Sí, a esta república endeble y contumaz que retorna, como si fuese su hado, a sus miserias de siempre. Pero, una república, finalmente, que en tiempos de crisis todavía cree en los ideales que la sostienen. Una república que marchó hace casi dos décadas pidiendo justicia y democracia y que, con la fragilidad propia del bien, logró importantes victorias. 

Hoy toca hacer lo mismo y tocará hacerlo mañana también, porque los ideales republicanos distan mucho de las repúblicas que hemos construido. Pero, ¿qué serían nuestras naciones sin esos ideales que nutren sus raíces? La utopía tiene pues, como diría el jesuita Ignacio Ellacuría, una fuerte dimensión profética. Ella denuncia los males que nos aquejan de cara a una realidad que vemos con esperanza en el futuro, pero que aún no alcanzamos. 

La utopía es, en cierto sentido, la cura que nos saca del laberinto. No porque el laberinto no sea real o porque los ideales utópicos se hayan materializado ya. Nos rescata, sin embargo, en el darnos fuerza para hacernos camino en el laberinto oscuro de nuestra democracia. Sí, esta democracia asaltada continuamente por sus enemigos, pero aún en pie gracias al caminar valiente de muchos que entre gas y metralla marchan firmes hacia aquello que aún no somos.

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