Catalina Huanca, mujer de avanzada en la huaca, por R. Cheesman
Catalina Huanca, mujer de avanzada en la huaca, por R. Cheesman

Se dice que las cuevas de los cerros de son los ingresos a los túneles hechos para encontrar el legendario tesoro que allí habría enterrado la curaca Catalina Huanca en el siglo XVII. La gran búsqueda se produjo a fines del siglo XIX, cuando se formó una compañía dedicada exclusivamente a ello. En 1931, Sánchez Cerro la impulsó desde el Estado y en el resto del siglo muchas personas lo intentaron sin lograrlo. Pero fueron tantos los túneles bajo el cerro que hoy ocasionan, de tiempo en tiempo, el hundimiento de viviendas en sus laderas.

Según Ricardo Palma, Catalina descendía del curaca huanca Apo Alayo, quien pactó con el inca invasor Pachacútec mantener su título y el derecho de sucesión. Decenios después, en pago al apoyo que le prestaron los huancas contra los quiteños de Atahualpa y contra la sublevación de Manco Inca, Pizarro consagró el acuerdo, convirtiéndose en padrino de Catalina, heredera del título huanca. Desde entonces, su sonoro nombre está presente en nuestra historia como ejemplo de la nueva clase intermediaria, los caciques, encargados del manejo de la población indígena, del cobro de los tributos y del trato con el poder virreinal.

Catalina Huanca fue célebre por su fortuna y generosidad. Vivía 4 meses al año en el pueblo de San Jerónimo, Huancayo, centro de su curacazgo, desde donde se trasladaba a Lima, llevada en litera de plata por una comitiva de 300 indios y cincuenta mulas cargadas con oro y plata. En el camino acampaba en los cerros de El Agustino, y la leyenda dice que allí guardaba el tesoro que hasta hoy se busca.

Catalina fue, como muchos caciques locales, respetada y admirada por los españoles. Invirtió en solares de la nueva Lima, pero usó también su riqueza para ayudar a los indios de su curacazgo, creando una fundación en las Cajas Reales con la que financió parte del tributo que debían pagar, y para contribuir junto al  arzobispo Loayza en la construcción del hospital Santa Ana.

En el camino de San Jerónimo a Lima, Catalina se detenía en una huaca de la cultura Lima, construida entre los años 200 a.C. y 600 d.C., y que fue bautizada con su nombre. El complejo, en Ate, está compuesto por una pirámide con rampa rodeada de montículos ceremoniales y se ubica en la concesión y los cerros de una arenera privada. Por tanto, no puede accederse a ella sin permiso de la empresa. Pero las fotos disponibles permiten comparar su estado en 1940 con su actual y deplorable situación. Las recientes fotos de Eric Maquera publicadas por Marco Gamarra (“Velaverde”) muestran los restos de la huaca en la cima de una gran torta de arena con precipicios verticales en cuyas paredes se ven, amenazados por los tractores, los huesos de los fardos funerarios y rojas vasijas de la cultura Lima.

Y así como los túneles de los buscadores del tesoro hacen peligrar las viviendas de El Agustino, otro tipo de excavación con fines de lucro pone a la huaca de Catalina Huanca, en Ate, al borde del abismo. La fama de Catalina, mujer poderosa y de avanzada para su tiempo, superior en fuerzas y riqueza a muchos otros caciques, varones casi todos, la sigue persiguiendo.