(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Santiago Roncagliolo

Me pasé un año fracasando junto a en Madrid, hace casi dos décadas. Los dos acabábamos de llegar a la capital española llenos de ideas y proyectos para cine y televisión, listos para comernos el mundo. Pero el mundo resultó un plato demasiado grande. Y frío.

Tratamos de vender una serie sobre el pasado reciente español, al estilo de “Nuestra historia” o “Los años maravillosos”, sin tomar en cuenta que nadie le compraría justo esa idea a dos peruanos recién llegados. Escribimos una historieta satírica sobre una inmigrante que se inseminaba con esperma del príncipe de España, pero el editor nos explicó que estaba prohibido hacer chistes sobre la Corona. Contactamos con productores famosos que nunca nos devolvieron las llamadas.

Mientras esperábamos nuestra oportunidad, bebíamos cervezas y dábamos vueltas por la ciudad, las únicas actividades al alcance de nuestra economía. Una vez, una borracha en un metro nos llamó “muertos de hambre” y nos mandó a nuestro país. Otra señora, más amable, nos invitó a su asociación de caridad para inmigrantes. Nos explicó que, a lo mejor, ahí podríamos pedir unos muebles. O un colchón.

Carlín no necesitaba soportar humillaciones. Cuando se cansó, se regresó al Perú, donde ya era una estrella. En cambio yo, que era un don nadie en ambos países, me quedé a ser un don nadie en el país más rico, por si acaso.

A pesar de la pobreza, el desempleo y la frustración, no recuerdo ese año con tristeza. Al contrario. Me divertí mucho. Nos pasábamos el día contando chistes absurdos sobre los temas más variados, desde los discursos presidenciales hasta el menú del Burger King, desde la criollada peruana hasta el acento español. Carlín imitaba perfectamente a todas las personas que conocíamos. Y las hacía conversar entre ellas, en improvisados números teatrales que me dejaban las costillas doliendo de tanto carcajearme. Nos reíamos hasta de nuestro fracaso. Sobre todo de nuestro fracaso. Era lo único que podíamos hacer con él.

El viernes pasado recordé todo eso al ver a Carlín en “Dos más dos”, el montaje que acaba de estrenar en el teatro Pirandello. La trama cuenta la historia de dos matrimonios amigos: el de Carlín con , conservador y aburrido, y el de con , aficionado a los intercambios de pareja. Se trata de una ilustración perfecta de la crisis de los cuarenta, ese momento en que las parejas tienen menos sexo que citas con el dentista. Los diálogos son tan cotidianos que producen en el espectador la escalofriante sensación de haber sido espiado. Y puedes detectar en la audiencia masculina el pánico a que sus esposas se pongan más exigentes al salir del teatro.

Y es que “Dos más dos” radiografía con malicia los terrores viriles. Todos los hombres quisiéramos ser López-Arias, ese audaz fornicador que ha encontrado una manera de legalizar sus infidelidades. Pero la mayoría somos Carlín, ese señor aburrido y maniático con aversión al riesgo. En la intimidad de la platea, queremos que Carlín triunfe. Que tenga más sexo, pero tampoco tanto. Que sea feliz sin sobresaltos. Que nos diga qué cuernos hacer con nuestra pequeña vida de dos polvos al mes.

“Dos más dos” pone en escena nuestras propias miserias. Nos obliga a mirar –y reírnos de– nuestros rasgos más vergonzosos. Pero a nivel personal, lo más emocionante para mí fue ver de nuevo a Carlín, después de casi veinte años, usando los aspectos más bochornosos de mi vida para hacerme reír. Como un alquimista que convierte en carcajada la desgracia, para rescatarnos de ella.