“La noche oscura del alma” es la frase que san Juan de la Cruz acuñó para describir ese momento de prueba –físico, mental y espiritual– que lo enfrentó con sus propios demonios. Considerada como una pieza única, debido a su crudeza en describir, de manera alegórica, aquel desgarramiento anímico que es parte constitutiva de una humanidad –hoy extraviada y a la deriva–, la profunda reflexión del fraile carmelita expresa los efectos de experiencias límite sobre la conciencia humana, que, en su caso particular, estuvo marcada por la soledad, la desolación e incluso el pavor ante lo desconocido. Portando como estandarte el amor y la esperanza, el místico y poeta español culminó su jornada, de corte pedagógico, en una postrera iluminación. Ciertamente, a partir de su ordalía particular, presentada como ejemplificadora, era posible alcanzar la madurez suficiente para descifrar las trampas del mundo.
Durante una semana que empezó con la captura y muerte, en Jalisco, de ‘El Mencho’, descrito como la cabeza perversa y desquiciada de un cártel con tentáculos planetarios y que, al parecer, culmina hoy domingo con la escalada bélica en el Medio Oriente, pensé mucho en la frase de Juan de la Cruz. Mientras redacto esta nota, casi un centenar de niñas han sido asesinadas durante el bombardeo israelí sobre Teherán que, como en el caso de Gaza, nunca consideró sus mortíferos efectos sobre la población civil. Cabe recordar, por otro lado, que la misma viene padeciendo la brutal represión del fanático régimen de los ayatolas. Las pilas de cadáveres embolsados en las calles de Teherán y de otras regiones de este sufrido país, cuna de una civilización milenaria, dan cuenta de una cruel venganza, hasta ahora impune. A estas alturas, y luego de ser testigos de la matanza de Hamas, seguida del genocidio en Gaza por parte del Estado israelí, en medio de la sádica destrucción de Ucrania ordenada por Vladimir Putin, nadie duda de que la “noche del alma” se cierne sobre un planeta moralmente quebrado. En este tránsito a ciegas, hacia una nueva era, la única certidumbre es, parafraseando a William Shakespeare, que el infierno está vacío debido a que los demonios se mudaron a nuestro barrio.
En el caso del Perú, ensimismado con su ombligo plagado de escándalos y frivolidades, no hay que ser ningún experto para afirmar que la degradación política ha llegado a un punto de no retorno, y los demonios andan de fiesta en Palacio de Gobierno. Esto se hace evidente tanto en el descuartizamiento del Estado para fines meramente personales como, también, en la amoralidad y la falta de compasión hacia la compatriota, a la que es posible atropellar y abandonar agónica, como lo vimos la semana pasada. En mi antiguo análisis del “estado como botín de guerra”, un concepto que hunde sus raíces en la postguerra de la independencia, señalé que la frágil república peruana fue violentada, descuartizada y repartida con fines de “pacificación política” y de movilidad social entre los militares vencedores de Ayacucho y sus respectivas camarillas. De la mano de los señores de la guerra –traidores hasta la médula–, casas comerciales, mercaderes inescrupulosos, gamonales y congresistas variopintos se aposentan en las dependencias estatales, tal como viene ocurriendo en la actualidad. Y es a partir de esa “raíz paradigmática” del “saqueo como cancha” que llegamos al momento actual en el cual un puñado de herederos rapaces no pueden disimular su deseo de llevarse lo que queda del botín y, para ello, conspiran, compran voluntades y mienten compulsivamente.
A propósito de ello, y en una de sus patéticas intervenciones, César Acuña, representante preclaro de la oligarquía amoral que ahora nos (des)gobierna, señala que a él le llegan altamente las críticas. Manipulando, mediante la vieja artimaña del provinciano expuesto a las burlas de todos, el hombre a quien su propio hermano señala como el causante de todas las desgracias del Perú nos recuerda, con su sola presencia, la “noche oscura” de La Libertad. Paradójicamente, la patria chica de José Faustino Sánchez Carrión: un hombre noble que murió sirviendo al Perú. Regresando a Juan de la Cruz, no será mediante el encuentro con la divinidad, por él abrazada, sino a partir de una necesaria toma de conciencia, manifestada en un voto reflexivo, que el secuestro de nuestra república llegará a su fin. Porque no es posible tolerar, un día más, que quien nació con el “somos libres” amén de un escudo celebrando a la quina –el árbol de la vida– camine, ahora confundida y desilusionada, en medio de una terrible oscuridad.
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