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¿Condenados al eterno retorno?, por José Ugaz

“Al presidente Vizcarra le corresponde liderar el cambio profundo, no estético, que el Perú necesita”.

José Ugaz Abogado

manzana

"La corrupción está impregnada en nuestras estructuras, se forjó en la matriz de un Estado clientelista, excluyente y extractivo". (Ilustración: Giovanni Tazza)

La corrupción atraviesa nuestro país. Ha caído otro presidente en medio de un escándalo multicausal: graves conflictos de interés mientras era ministro, un indulto fraudulento para liberar a su predecesor condenado –entre otros delitos– por corrupción y una estrategia de captación de votos de la oposición a cambio de favores políticos. Como ha anotado el historiador Alfonso Quiroz, en la historia del Perú no ha habido ciclos bajos de corrupción, todos han sido altos o muy altos.

Con más de la mitad de los gobernadores regionales investigados por corrupción (y varios presos), la gran mayoría de alcaldes expedientados por la misma razón y los últimos cuatro presidentes de nuestra primavera democrática presos, prófugos o investigados por corruptos, la realidad confirma nuestro devenir histórico. ¿A qué se debe esta situación? ¿Será que corre en nuestro ADN? ¿Estamos condenados a un destino fatal por el hecho de ser peruanos?

Aunque no existe una respuesta simple a tan complejas preguntas, resulta evidente que la corrupción no es genética. Lo que nos diferencia de aquellos países con bajos niveles de corrupción es que en nuestro caso el problema no es episódico, es sistémico. Ello quiere decir que la corrupción está impregnada en nuestras estructuras, se forjó en la matriz de un Estado clientelista, excluyente y extractivo. Para complicar más el escenario, la corrupción se ha “normalizado”, nos parece natural vivir así, hemos internalizado el “roba pero hace”, justificamos su existencia resignándonos a lo que consideramos nuestro sino inevitable.

Tratándose de un fenómeno estructural, es claro que no se resolverá únicamente enviando a prisión a sus principales actores (lo que ciertamente debe hacerse). Podemos seguir condenando y deteniendo a los corruptos, pero será un esfuerzo vano porque se reproducirán una y otra vez, fortaleciéndose y sofisticándose para sobrevivir. Problemas estructurales requieren soluciones estructurales.

La corrupción sistémica no se elimina desde la justicia. Más allá de la represión, se requieren respuestas que incluyan profundas reformas a un Estado mal armado y, a la par, fomentar un tránsito cultural, desde una tolerancia que oscila entre el cinismo y la frustración, hacia una forma de vida enfocada en el bien común y la integridad como principios.

En ese contexto no es casual que la política esté totalmente contaminada por la corrupción. Si la corrupción es en esencia el ejercicio abusivo del poder, la política es su ambiente natural. Con instituciones políticas débiles, organizadas en base a cultos personales y la capacidad económica de sus miembros, no debe sorprendernos tener los políticos que tenemos. Padecemos una crisis de representación. En lugar de tener líderes que sobresalgan por su ejemplo ético y una trayectoria personal de esfuerzo, capacidad y honestidad, nuestra clase política está plagada de aquellos expertos en la transa, en el toma y daca, la viveza criolla, el floro, la irresponsabilidad a todo nivel.

No es casual que Moisés Mamani, el agente provocador de esta última crisis, sea un falsificador capaz de mentir sin sangre en la cara respecto de su educación y de abandonar a su hija, como lo indica la denuncia de su ex pareja, negándole el derecho a estudiar mientras él declara ser un millonario experto en asuntos de seguridad. Tampoco sorprende que la Comisión de Ética del Congreso esté inundada de casos de parlamentarios que han falseado su pasado y que no se sancione a nadie. Canjear votos por favores o cobrar por negocios privados siendo ministro de Estado se asumen como una forma normal de hacer política.

Podemos convertir esta nueva crisis en una ventana de oportunidad. Al presidente Vizcarra le corresponde liderar el cambio profundo, no estético, que el Perú necesita. Es necesario corregir de una vez por todas el sistema de financiamiento de la política y emprender las otras vitales reformas en educación, inversión y compras públicas, salud, seguridad, etc. El último buen gobierno en más de dos décadas fue uno de transición con un presidente inesperado. Hoy se puede repetir la historia, con la ventaja que el actual presidente tendrá más tiempo que los escasos meses que tuvo el presidente Paniagua.

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