¿Qué esperar de las próximas elecciones generales? Evidentemente, no hay manera de saber a estas alturas cuáles serán los resultados, qué candidatos pasarán a la segunda vuelta, cuántos partidos pasarán la valla electoral y lograrán representación, cómo quedará configurado el Congreso. La gran preocupación es que, con distintos protagonistas, acabemos escenificando la misma obra (o incluso una versión aún peor) que hemos visto desde el 2016: un nuevo presidente o presidenta débil, que llega al poder por accidentes de la competencia electoral; sin un partido con cuadros o militantes capaces, sin una mínima experiencia, sin mayor cohesión interna. Donde la bancada del partido de gobierno no tiene mayoría ni liderazgos sólidos, y que muy rápidamente se divide. Con un Congreso donde pocos partidos logran representación, y la mayoría de electores no se siente representado; con partidos donde proliferan intereses individualistas y no posturas ideológicas o programáticas. Donde tienden a formarse mayorías en torno a posturas populistas, conservadoras y contrarreformistas; donde encontramos nexos con actores informales e ilegales, que actúan transversalmente a las etiquetas partidarias. Donde la combinación de todo esto se traduce en políticas públicas ineficaces, incapaces de atender las necesidades de los ciudadanos. Donde, con liderazgos precarios, se cometen errores o se incurre en situaciones cuestionables, se dan luego justificaciones insuficientes y contradictorias, y el Congreso amenaza con mociones de censura o vacancias. Donde, si cae el presidente, la presidencia cae en manos de algún vicepresidente con aún peor manejo que el presidente destituido, y el ciclo continúa y empeora.
Es como una pesadilla recurrente de la que no se puede despertar. Otro reparto, pero la misma mala obra: como dicen en francés, ‘plus ça change, plus c’est la même chose’. Más cambian las cosas, más siguen igual. ¿Cómo podríamos escapar? No hace mucho tiempo, los presidentes eran elegidos y terminaban, aunque con tropiezos, sus períodos quinquenales; y mal que bien, sus gobiernos seguían orientaciones generales de política, con todas sus limitaciones. Esto sobre la base de la construcción de coaliciones que les permitían lograr mayorías; para esto, se necesita la capacidad de construir consensos mínimos con sectores relativamente cercanos desde lo ideológico o programático. Y que ese consenso oriente el desarrollo de políticas públicas, la solución de los problemas de los ciudadanos, antes que la repartija de las prebendas del Estado. Si bien tenemos muchos partidos en competencia, solo unos cuantos tendrán representación parlamentaria: en las elecciones del 2006, recordemos, participaron 24 partidos y solo siete lograron representación (hubo 20 candidatos presidenciales). Entonces, el presidente García logró construir una mayoría con una suerte de coalición informal junto con Unidad Nacional y Alianza por el Futuro.
Desde este punto de vista, lo ideal sería que elijamos a un presidente representando a un partido que entienda que la tarea de gobernar implica, en primer lugar, preocuparse por resolver las demandas de los ciudadanos. Que para hacerlo debe sumar esfuerzos y construir acuerdos. Para esto, deberían estar representados partidos con una mínima consistencia organizativa y programática. Mejor aún, deberíamos tener un gobierno dispuesto a tener relaciones civilizadas con la oposición, que debe estar dispuesta a lo mismo con el gobierno. No es mucho pedir: algo de eso tuvimos apenas diez años atrás. Depende de nuestro voto.
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