El Perú atraviesa una campaña electoral inédita. Son 10 000 candidatos (entre presidentes, senadores, diputados, parlamento andino) que compiten por visibilidad en un escenario saturado de símbolos, logos, colores y números. La calle, las pantallas y las redes están inundadas de mensajes. Sin embargo, en medio de ese ruido, conviene recordar algo esencial: las campañas no se ganan solo con presencia, se ganan con conexión.
Si bien el objetivo final de toda campaña electoral es conseguir votos, lo primero que procesa el elector no son los símbolos, los logos y los números. Antes de recordar un número, la gente quiere conocer a la persona. Quiere entender quién es ese candidato, qué representa y, sobre todo, qué le hace sentir. El verdadero desafío hoy no es figurar, sino generar una conexión emocional.
En comunicación y, por supuesto, en política, la percepción lo es todo. Por eso, los candidatos deberían preguntarse: ¿Qué genero en los demás? ¿Qué piensan de mí cuando no estoy presente? La diferenciación no empieza en el diseño gráfico ni en el eslogan, empieza en la identidad. Lo que atrae es el sentido de pertenencia, la identificación, esa sensación de “este candidato se parece a mí” o “habla como yo”.
Para lograrlo, es indispensable dejar de actuar como personajes y animarse a ser personas. Menos poses, menos discursos ensayados y ¡más naturales! La confianza no se construye desde la perfección, sino desde la autenticidad. Y cuando hay confianza, hay conexión.
La diferenciación es el principio de una campaña electoral. Las campañas que realmente destacan son aquellas capaces de generar un efecto wow: un gesto inesperado, una acción coherente, un mensaje simple pero honesto. Ser disruptivos no es exagerar, es atreverse a romper con la política tradicional y comunicar desde lo genuino.
En ese orden, la lógica debería ser clara: primero, hazte conocido; segundo, posiciónate desde quién eres y qué representas; y después, da a conocer tu símbolo y tu número. Porque cuando hay conexión, el voto llega solo.
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