Todos hemos escuchado alguna vez sobre filantropía o sobre los grandes filántropos del mundo, desde Bill y Melinda Gates hasta Warren Buffett, pero muchas veces ignoramos lo que realmente implica.
La mirada más simple la asocia con algo que conocemos muy bien y que incluso hacemos: donar. O, en otras palabras, con dar dinero a alguien confiando en que tendrá un alcance en su vida mucho mayor del que dicho monto tendría en la nuestra. Sin embargo, la filantropía es más que eso, sobre todo cuando una empresa o un benefactor individual apunta a generar el mayor impacto posible. Hablamos de una actividad institucionalizada, realizada por organizaciones con directorios profesionales y personal permanente, que moviliza recursos, energía y tiempo de cientos de personas.
Y en el Perú, al igual que otras cosas, esta ha evolucionado bastante en la última década. Así lo demuestra un estudio del profesor de la Universidad del Pacífico Vicente León, publicado en alianza con el Banco de Ideas Credicorp y que tuve el gusto de presentar hace unas semanas. Entre las principales transformaciones que ha experimentado esta actividad, destaco tres.
La primera es que las organizaciones filantrópicas han cambiado de un enfoque asistencialista, que apunta a mitigar los efectos inmediatos de la pobreza, a uno de desarrollo de capacidades, que busca más bien corregir las causas estructurales que la provocan en el largo plazo. La segunda es que la cantidad de dinero que atraen ha crecido: entre el 2017 y el 2025, el ingreso promedio por organización se multiplicó por más de cinco. Esto significa mayores recursos para impactar en la sociedad, pero, también, más responsabilidad para elegir cómo se gasta. Finalmente, un tercer cambio es que, aunque la prioridad es aún el desarrollo social y la educación, el medio ambiente ha ido ganando protagonismo, un rasgo de los tiempos que vivimos, en los que fenómenos como El Niño despiertan cada vez más preocupación entre los peruanos.
Sin embargo, pese a lo avanzado, esta actividad todavía enfrenta varios desafíos que limitan su impacto. Uno de ellos es la transparencia. La publicación de estados financieros por las organizaciones filantrópicas pasó del 28% en el 2017 a solo el 8% en el 2025. Una situación que requiere atención, dado que ser transparente es esencial para construir confianza, no solo de cara a potenciales donantes o beneficiarios, sino también ante la sociedad.
Otro reto es la gobernanza: por lo general, estas organizaciones cuentan con directorios, y esto es algo positivo. Sin embargo, estos puestos rara vez son renovados, no existen evaluaciones de desempeño para quienes los integran y pocas veces los ocupan miembros externos. Como sabemos, en una empresa privada, evaluar y cambiar al directorio cada cierto tiempo es esencial para asegurar que la organización avanza por el camino correcto; en filantropía, los estándares no tendrían por qué ser distintos.
Finalmente, un tercer desafío tiene que ver con lo que el autor llama ‘gestión del conocimiento’: la necesidad de que todas las decisiones se tomen sobre la base de evidencia, datos y aprendizajes previos. No se trata de dar por dar, sino hacerlo a partir de una estrategia. Cuando donamos de nuestro bolsillo, por ejemplo, actuamos guiados por la emoción. En filantropía, sin embargo, decidir de manera emocional trae consecuencias, como malgastar recursos escasos o dejar de atender urgencias mucho más graves.
En un país con tantas brechas y con un Estado que tiene dificultades para llegar a todos, una intervención filantrópica bien realizada puede tener efectos multiplicadores en miles de peruanos. Y, de igual manera, una mal calibrada solo generará costos altos, tanto económicos como de oportunidad.
Estoy convencido de que la filantropía tiene el potencial para cambiar el futuro del Perú, acelerando los cambios que nuestra sociedad necesita. Pero para aprovecharlo debemos dejar de verla como simple altruismo y empezar a pensarla como lo que realmente es: una actividad profesional que trabaja con los estándares más elevados y donde nada se deja al azar.
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