¿Qué propuesta o idea nueva ha surgido con fuerza durante la actual campaña electoral? Hasta ahora, ninguna. Incluso la línea demarcatoria entre continuismo y cambio –democrático o no– está diluida. Tanto así, que algunos de los candidatos con mayor intención de voto en las encuestas representan la continuidad y, al mismo tiempo, al actual Congreso, con su bajísima y casi nula aprobación. ¿Por qué pasa esto? Tal parece que entre los electores prima la idea de que todos los políticos son iguales, o casi.
Un problema central de la campaña electoral es que despierta pocas esperanzas. Manifestación de esta apatía ciudadana, a solo un mes de las elecciones, es el aún elevado número de personas que no saben por quién votar, que se encuentran indecisas o que, simplemente, no quieren votar por nadie. Son, sobre todo, algunos medios y comunicadores los que han alentado el debate.
Ni siquiera precisan su propuesta los candidatos de la “mano dura”. La lucha por la seguridad, que las encuestas señalan como prioridad, no merece de su parte mayores detalles, salvo cárceles, elevación de penas, reducción de derechos, una reforma de la policía sin explicar en qué consiste, y una gaseosa mención al trabajo de inteligencia. Los que están en contra la “mano dura” dicen poco o nada sobre cómo combatir el crimen organizado.
No hay voluntad de cambio y se insiste en lo mismo. Porque, hablando claro, la situación política del país –siete presidentes en seis años, copamiento de poderes…– obliga no solo a tener una propuesta de cambio, sino a convencer a la mayoría de que ese cambio es posible y que es para mejor. Falta ser más asertivos, menos reactivos.
La necesidad de mayor seguridad parece haber “matado” los problemas vinculados a la pobreza, que han desaparecido del debate, como también temas coyunturales de envergadura y repercusión, como qué hacer frente a la crisis del gas.
Conforme avanza la campaña, queda más claro que la crisis de la democracia está instalada no solo en el actual Congreso –que ha dedicado sus principales esfuerzos a engullirse los otros poderes del Estado–, sino también en los actores políticos. Es imprescindible que, en las pocas semanas que restan para el día crucial, los que representan el amplio abanico de los que están a favor del cambio y la democracia arriesguen más, perfilen sus propuestas principales y consoliden su identidad.
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