Esos raros peinados nuevos

“El anticaviarismo se convierte en una retórica revanchista que articula a la tribu ultraconservadora, la que se percibe como adalid de una guerra cultural que se expande en todo el orbe”.

    Carlos Meléndez
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    PhD en Ciencia Política

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    Ilustración: Composición GEC
    Ilustración: Composición GEC

    En la política tribal que vivimos, parece cada vez más difícil construir alianzas con base en acuerdos o afinidades, y cada vez más sencillo hacerla en torno a animadversiones. El giro progresista que había predominado la década pasada con la ola de reconocimiento legal de derechos de minorías (especialmente las identitarias) generó una reacción (‘backslash’) que se evidenció en el surgimiento de fuerzas radicales de derecha (más a la derecha de sus pares convencionales). Estas se articulaban especialmente en torno a valores sociales antes que en causas materiales, aunque sin lugar a dudas con una alta correlación entre ellas. En Europa primero y en América Latina después ganaron visibilidad proyectos conservadores que, a diferencia de sus antecesores, amalgamaron impronta populista (maniqueísmo y presunta soberanía popular) y, en los casos más extremos, autoritarismo (la puesta en duda los fundamentos de la democracia liberal como el pluralismo y el Estado de derecho) para poder cohesionar a sus seguidores. Es decir, a la agenda conservadora de tradición y familia (y, por lo tanto, antiinmigratoria y antiperspectiva de género), se le sumaron una retórica antiestablishment que rápidamente escaló en polarización con sus antípodas progresistas.

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