Jair Bolsonaro lidera los sondeos para la segunda vuelta presidencial con el 58%, seguido del socialista Fernado Haddad, candidato del partido de los Trabajadores (PT), que tiene un 43% de los apoyos. (Foto: EFE)
Jair Bolsonaro lidera los sondeos para la segunda vuelta presidencial con el 58%, seguido del socialista Fernado Haddad, candidato del partido de los Trabajadores (PT), que tiene un 43% de los apoyos. (Foto: EFE)
Elda Cantú

En una época lejana, los usuarios de Facebook solo podían expresarse en el lenguaje de una única y monopólica emoción: ‘Me gusta’. Para todo lo demás solo existían la indiferencia o el espacio de comentarios. Pero no había atajos para demostrar un afecto más intenso ni enojo, sorpresa, tristeza o diversión. Hoy, el menú de botones emocionales ha crecido, pero la empresa de Zuckerberg sigue sin agregar el botón más esperado de todos: el del disgusto. Al parecer, quieren que la red social mantenga cierto tono positivo por default, a pesar del creciente estrés que nos causan ciertas interacciones virtuales.

Pero la ampliación del vocabulario emocional no es solo un asunto de psicología positiva y memes de autoayuda. En la Universidad de Yale un grupo de investigación ha creado un enfoque de aprendizaje llamado RULER, que busca ayudar a profesores y estudiantes a reconocer, comprender, etiquetar, expresar y regular sus emociones. La idea es aplicar evidencia ‘dura’ al desarrollo de habilidades blandas, esas que –según nos han prometido los headhunters y futurólogos– van a salvarnos de ser reemplazados por robots, algoritmos y otros derivados de nuestra inventiva tecnológica.

En política la emoción ha sido siempre un quebradero de cabeza. Intentamos explicar los mecanismos del poder con fríos cálculos de racionalidad, pragmáticos intercambios de prebendas, sesudas y lógicas teorías de incentivos. Y al mismo tiempo nos lamentamos del pueblo que vota sin pensar, de las inexplicables venganzas políticas, del tribalismo que valida la torpeza con la que están diseñadas las instituciones, del impredecible resultado de una votación –en las urnas o en el Congreso–.

En México, después de varios intentos por llegar a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador () alcanzó el poder tras construir su campaña alrededor de la idea de una “república amorosa”. El político de izquierda que arengaba a las masas empezó a presentarse como AMLOVE, a repartir besos y a – como reportó “El País”– proponer un cambio “tranquilo y verdadero”. En medio de la guerra fallida contra las drogas propuso la pacificación. Esa aparente y calculada actitud zen tuvo un efecto positivo en las urnas: AMLO será el presidente sosegado que el país convulso prefirió. En Brasil, se acerca a la silla presidencial sin otra propuesta que un manojo de emociones negativas: “resentimiento, odio, miedo, violencia e intimidación”, enumeró el editor de Americas Quarterly, Brian Winter, para “The Guardian” y calificó la elección como “triste”. Para la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, la elección presidencial de Donald Trump fue producto de una emoción igualmente negativa: el miedo. A ella, genia apaciguada, el sentimiento le duró apenas las horas suficientes para sentarse a escribir un nuevo libro.

Nussbaum acaba de publicar “La monarquía del miedo”, un ensayo en el que explora las emociones que dan forma a nuestras democracias. En otras ocasiones, la profesora de la Universidad de Chicago ha escrito sobre las bondades y peligros del mal uso político de las emociones. Nussbaum, por ejemplo, ha propuesto que la rabia debe ser solo momentánea y suficiente para impulsarnos a trabajar hacia la justicia pero advierte que si dura demasiado, se convierte en llamados a la venganza y al linchamiento.

Si las emociones pueden examinarse, entonces pueden manejarse. Entre el sentimiento inmediato y la acción debería mediar un saludable ejercicio de meditación. Pero no siempre sucede así. Los políticos lo saben: pueden asustarnos para manipularnos y apaciguarnos para manipularnos. Lo hacen con promesas, amenazas, retórica, información falsa. Nussbaum propone que elijamos qué emociones son deseables para la vida democrática. Frente al miedo, ella opone la esperanza. Y explica que donde hay razones para temer también hay razones para el optimismo. Donde el miedo nos vuelve improductivos, la esperanza –la posibilidad de cambiar algo en el futuro– produce buenas acciones. Entendida de este modo, una ciudadanía más activa sería un triunfo ante la retórica del miedo.