No es la primera ni será la última vez que la Iglesia Católica –y la Iglesia peruana a través de sus sacerdotes– opine sobre temas políticos, sociales y económicos que tienen que ver con la forma en que se ejerce el poder, el comportamiento ético y la condición humana. La Iglesia Católica tiene un gran poder y el fundamento de su legitimidad universal es la creencia en las enseñanzas de Jesús. Por eso, la homilía en Fiestas Patrias de monseñor Carlos Castillo Mattasoglio cayó justo en el momento preciso en que tanto la política gubernamental como la congresal se debaten en una crisis moral y de legitimidad ante la opinión pública, una crisis que incluso está más allá de los “juegos del poder”, y está instalada en ciertos sectores de la sociedad civil.
La Iglesia, desde los escritos de León XIII, pero sobre todo desde el Concilio Vaticano Segundo y la declaración de Medellín en los años 60 del siglo pasado, dio un volteretazo institucional, tanto en la forma como en el fondo. Ya no es la voz de un santo piadoso al servicio de los demás, sobre todo de los más pobres, que condena la avaricia y el abuso del poder de una que otra autoridad, sino que es ella misma, como institución, la que asume este importante rol, porque en este proceso busca que se establezca el bien común.
El auténtico político tiene un fin supremo: servir a los demás. Quien usa la política fuera de este fin la está degradando. Su función es asumir las demandas ciudadanas como suyas y darles solución, esto se debe lograr con proximidad con la ciudadanía para entender sus problemas y resolverlos. Hizo bien el monseñor en recordar a las autoridades que “el pueblo percibe que son pocos los que actúan con vocación de servicio y observa con claridad que el espíritu mafioso se ha apoderado de nuestros corazones”, para agregar luego que una dirigencia nacional “vive de espaldas a la mayoría y solo ve su propio interés”.
No es la primera vez que monseñor Castillo se refiere a la problemática política en el país, pero en esta homilía fue justamente contundente. También recordó que el liderazgo cristiano no se impone, sino que se construye desde el servicio, la escucha y la cercanía.
¿Lograremos esta meta los peruanos? Siendo optimistas, diría que sí. Pero este objetivo lo conseguiremos, primero, si la gran mayoría cree que esa debe ser la meta nacional y, segundo, si logramos elegir candidatos dispuestos a servir y escuchar a los demás y no servirse del poder para el beneficio personal o de grupos que buscan enriquecerse con las arcas del Estado a toda costa.
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