MexicoLas ráfagas de mi memoria
El caos electoral dejó más que retrasos: reabrió la memoria de un país acostumbrado a la incertidumbre.

Periodista y fundadora de ECloud
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

A una semana de la jornada electoral, los recuerdos siguen llegando, no como pensamientos ordenados, sino como ráfagas que sacuden el cuerpo y despiertan antiguas alarmas. Hay hechos que terminan en el calendario, pero permanecen latiendo en la memoria. Dicen que existen crisis de los tres, siete o doce años en el matrimonio; que la menopausia trae sofocos y que los cuarenta exigen un renacer. Yo no sentí esas crisis. Mis efemérides de preocupación no fueron biológicas ni domésticas: fueron políticas, fueron sociales, fueron peruanas.
A una semana de la jornada electoral, los recuerdos siguen llegando, no como pensamientos ordenados, sino como ráfagas que sacuden el cuerpo y despiertan antiguas alarmas. Hay hechos que terminan en el calendario, pero permanecen latiendo en la memoria. Dicen que existen crisis de los tres, siete o doce años en el matrimonio; que la menopausia trae sofocos y que los cuarenta exigen un renacer. Yo no sentí esas crisis. Mis efemérides de preocupación no fueron biológicas ni domésticas: fueron políticas, fueron sociales, fueron peruanas.
Mi memoria tiene el sonido de un teléfono timbrando sin parar. Tenía quince años cuando Velasco tomó los diarios. Mientras mi hermano salía a las calles de Miraflores a defender la libertad, yo me quedé en casa, encargada de anotar nombres, registrar incidencias e intentar rastrear a los detenidos que se llevaban a El Potao. A esa edad aprendí que en mi país no siempre se sabe a dónde se llevan a la gente.
Poco después celebré mis quince años en Washington y Filadelfia. Recuerdo estar sentada con una familia americana viendo las noticias: el ‘Limazo’, la huelga policial del 75, el caos y los saqueos en Lima. Sentí una urgencia desesperada de llamar a mis tíos, de que me recogieran, de estar cerca. No sé si era patriotismo o simplemente la necesidad de sentirme protegida frente a un país que se desmoronaba a la distancia.
A los dieciséis, durante un retiro escolar, escuché que Velasco había sido destituido. Las monjas decían que todo estaría bien, pero yo pedí que me recogieran. Quería entender. Siempre he querido entender.
Luego vino la vida adulta y, con ella, el primer gobierno de Alan García. Mi hija mayor nació en 1985, entre colas interminables para comprar un kilo de arroz y conseguir kerosene, en medio de la falta de energía y de gas para cocinar. A eso se sumaba la búsqueda desesperada de pañales descartables americanos porque su piel no resistía el algodón local. Era una lucha diaria por lo básico: una economía de guerra en tiempos de paz.
En 1992 llegó otra ráfaga: la imagen de Roberto ‘Bobby’ Ramírez del Villar detrás de las rejas de su casa tras el autogolpe de Fujimori. Yo tenía treinta y tres años, y esa mirada suya —firme pero cautiva— todavía me estremece. Era la prueba visual de que nuestra democracia volvía a cerrarse bajo llave.
Hoy los nombres del poder se atropellan en mi memoria: Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar… demasiados nombres en un suspiro histórico que aún nos zarandea.
Pero esta vez ha sido distinto. Es el primero que enfrento sin mi amigo, mi parejo, mi compañero de ruta. Enviudé poco antes de cumplir cuarenta años de matrimonio. Nuestro vínculo no conoció las crisis de los libros, quizá porque yo siempre tuve mis propios planes y mis propios rumbos. Pero hoy me falta su abrazo. Siento el mismo miedo de la niña que contestaba el teléfono en 1974: esa necesidad de ser sostenida frente a la incertidumbre.
Y a ese miedo se suma la ausencia de Francisco, mi hijo, que partió hace doce años. Pienso en él, en su negativa a aceptar un país injusto, en la curiosidad genuina que lo llevó a recorrer el Cusco y subir solo a un bus hacia Puno, con un libro en la mano, para conocer comunidades y escuchar otras realidades. Francisco no solo recorría el Perú: lo pensaba, lo sufría y lo soñaba distinto.
Cada proceso electoral pone a prueba no solo la voluntad de los ciudadanos, sino también la capacidad del Estado para garantizar que esa voluntad pueda expresarse. Y el pasado domingo, esa capacidad volvió a resquebrajarse.
Desde temprano, miles de peruanos acudieron a votar en medio del inusual calor sofocante de abril. Pero el malestar no vino solo del clima. En muchos locales, las mesas no se instalaban, el material electoral no llegaba y la desorganización se multiplicaba ante la mirada impotente de los ciudadanos. Otra vez el Estado fallando en lo esencial.
Lo ocurrido dejó algo más grave que retrasos logísticos: dejó la amarga sensación de que incluso el acto más básico de la democracia puede quedar atrapado entre negligencias, improvisaciones e irresponsabilidades. Cuando un ciudadano no puede votar por fallas del propio sistema, lo que se vulnera no es solo un procedimiento: se hiere la confianza.
La decisión de extender la jornada electoral al día siguiente evidenció la magnitud del problema. Lo que debía ser una excepción terminó revelando una precariedad institucional alarmante. Y cuando esa precariedad compromete derechos fundamentales, la distancia entre incompetencia y corrupción empieza a volverse inquietantemente pequeña.
Tal vez por eso este episodio me golpea más de lo que debería. Porque no solo veo mesas sin instalar ni funcionarios desbordados: veo la repetición de una historia. Veo al Perú tropezando otra vez con las mismas fragilidades, repitiendo el mismo desorden, dejando a sus ciudadanos expuestos a la incertidumbre.
Quizá por eso el miedo regresa como una memoria corporal. Porque detrás de cada crisis presente reaparecen todas las crisis anteriores: la adolescente que esperaba noticias, la madre que hacía colas interminables, la mujer que vio cerrarse la democracia, la viuda que aprendió a sostenerse sola, la madre que acompañó partir a un hijo que soñaba con un país distinto.
Cada nuevo desorden institucional despierta todas esas memorias al mismo tiempo. Entonces entiendo que mi temor no nace únicamente de la coyuntura política, sino de una historia acumulada de fracturas, decepciones y sobresaltos que siguen latiendo bajo la superficie.
El Perú me ha dado una piel dura frente a las crisis, pero el corazón sigue buscando el abrazo que me proteja de la próxima ráfaga.











