El poder no transforma a las personas; las revela. Mientras un político busca llegar al gobierno, es natural que confronte, cuestione y marque diferencias. La competencia democrática exige contraste de ideas, firmeza de convicciones y, muchas veces, una dura disputa por el respaldo popular. Sin embargo, el verdadero examen comienza cuando termina la campaña y el candidato debe dar paso al estadista.
El poder no transforma a las personas; las revela. Mientras un político busca llegar al gobierno, es natural que confronte, cuestione y marque diferencias. La competencia democrática exige contraste de ideas, firmeza de convicciones y, muchas veces, una dura disputa por el respaldo popular. Sin embargo, el verdadero examen comienza cuando termina la campaña y el candidato debe dar paso al estadista.
Gobernar exige comprender que el poder ya no pertenece a quien ganó una elección, sino a toda la nación. Quien alcanza la responsabilidad de conducir un país tiene el deber de elevarse por encima de las heridas y resentimientos previos. No puede gobernar con sangre en el ojo, convertir el Estado en un instrumento de revancha ni utilizar el poder para saldar cuentas pendientes. La democracia necesita líderes capaces de distinguir entre el adversario político y el enemigo de la patria, porque no son lo mismo y no merecen el mismo trato.
Renunciar al resentimiento no significa renunciar a los principios. Un estadista no abandona sus valores, su ideología ni el programa por el cual fue elegido. Mantiene el rumbo, pero entiende que la inteligencia y la voluntad de construir no pertenecen a una sola corriente política. Por ello, es capaz de convocar a quienes, aun habiendo discrepado con él, pueden contribuir al bienestar común. Abraham Lincoln expresó esa idea con una frase inmortal: la mejor manera de destruir a un enemigo es convertirlo en un amigo.
El segundo gobierno de Alan García ofrece un ejemplo claro. Más allá de los juicios que cada uno pueda tener sobre su gestión (que marcó un hito en el crecimiento económico y la reducción de la pobreza en el Perú), asumió el poder dejando atrás agravios personales. No gobernó, por ejemplo, buscando revancha contra Alberto Fujimori, quien años antes había ordenado su detención. Comprendió que la función de un gobernante consiste en actuar con criterio institucional y no con ánimo de desquite. “Cobrar con vuelto” nunca estuvo en su ecuación. La historia también recuerda a Nelson Mandela, que transformó décadas de prisión en una política de reconciliación nacional.
Quizá la verdadera esencia del poder no está en imponer, sino en inspirar; no en dividir, sino en reconciliar; no en señalar culpables, sino en descubrir capacidades. Un gobernante alcanza su verdadera grandeza cuando descubre capacidades incluso en quienes fueron sus adversarios y los convierte en aliados de un propósito superior. Porque gobernar no consiste en que unos derroten a otros, sino en lograr que una nación entera encuentre razones para caminar en la misma dirección.