PARA SUSCRIPTORES: Inestabilidad, pacto social e institucionalidad
Más adelante, ya en en el nuevo siglo, notábamos la coexistencia entre, de un lado, el crecimiento económico y reducción de la pobreza y, del otro, altos niveles de descontento e insatisfacción social. Así como la paradoja de la coexistencia entre crecimiento económico y reducción de la pobreza y la continuidad de instituciones públicas muy precarias y la inexistencia de un sistema de partidos propiamente dicho. Así logramos el periodo más largo e incluyente de continuidad democrática de nuestra historia, con muy bajos niveles de satisfacción con el funcionamiento de la misma y de apoyo al sistema político, sus instituciones y actores, así como muy bajos niveles de aprobación a la gestión de los presidentes –de entre los más bajos de América Latina–.
Veíamos que, inesperadamente, el hecho de que los presidentes ejercieran el poder sin tener partidos políticos y cuadros propiamente dichos, permitió que áreas clave del sector público empezaran a ser manejadas por técnicos independientes. Esto empezó con el fujimorismo y Alejandro Toledo consolidó ese camino. Alan García ganó como candidato del APRA y ciertamente el partido pasó a ocupar mayores espacios en el sector público, sin embargo, García gobernó personalista antes que partidariamente, y también descansó en la convocatoria a independientes. Ollanta Humala ganó la elección encabezando una alianza de diferentes sectores de izquierda, que rápidamente dejó de lado para optar por un manejo ortodoxo, que también descansó en cuadros independientes.
La economía empezó a crecer sostenidamente desde el 2002, estimulada por la subida de los precios de nuestros productos de exportación, por lo que ni García en el 2006 ni Humala en el 2011 tenían incentivos para poner en riesgo una dinámica que permitía aumentar los ingresos y gastos fiscales. Al inicio, esta tecnocracia se concentró en las áreas vinculadas al manejo macroeconómico; con los años esas élites pasaron a tener mayor influencia sobre áreas sociales del Estado. Pasamos así de la existencia de ciertas “islas de eficiencia” a la constitución de “archipiélagos” dentro del sector público. Criticamos durante muchos años, seguramente con razón, la soberbia de ese “saber” tecnocrático y sus sesgos, y deseábamos otro estilo de manejo económico. Pero cuidado con que a veces los deseos se hacen realidad.
Hoy, pareciera que pasamos de las paradojas a la coherencia: políticos y organizaciones irresponsables, cortoplacistas, sin límites institucionales toman decisiones catastróficas para el desempeño económico y el combate a la epidemia. Ahora todo parece encajar y corresponderse. Sin partidos, la política se llena de liderazgos precarios, donde proliferan entornos oportunistas, mediocres e inescrupulosos. Partidos sin orientaciones programáticas claras resultan imprevisibles en sus decisiones, que se toman según soplen los vientos de la opinión pública. Políticos cortoplacistas desafían la voz de los técnicos y de los expertos, en nombre de los impostergables intereses populares. A esto habría que sumar la debilidad y escasa legitimidad ante la ciudadanía de las instituciones y gremios de la sociedad civil, el oportunismo de los medios de comunicación, el desinterés de la opinión pública en los asuntos públicos y su proclividad a dejarse llevar por medios sensacionalistas.
¿Qué hacer? Seguiré la próxima semana.