Nos da miedo hablar de política. Preferimos discutir lo superficial. Podemos pasar horas hablando de fútbol, de farándula o de cualquier tema que no incomode, pero cuando alguien menciona una elección, un candidato o el rumbo del país, el ambiente cambia.
Nos da miedo hablar de política. Preferimos discutir lo superficial. Podemos pasar horas hablando de fútbol, de farándula o de cualquier tema que no incomode, pero cuando alguien menciona una elección, un candidato o el rumbo del país, el ambiente cambia.
¿Por qué, cuando alguien dice que votó por Keiko Fujimori, casi siempre agrega: “Pero no soy fujimorista”? Yo tampoco lo soy. Sin embargo, nunca he sentido la necesidad de aclararlo para quedar bien. Un voto es una decisión, no una etiqueta. Elegir a un candidato no significa compartir cada una de sus ideas ni convertirlo en parte de tu identidad. Significa considerar que era la mejor opción entre las alternativas que existían.
Lo curioso es que muchos aseguran que no les interesa la política, cuando en realidad hablan de ella. Si te preocupa el precio de los alimentos, la inseguridad, la educación, el transporte público o las listas de espera en los hospitales, estás hablando de política. Todo es política porque las decisiones del Estado atraviesan nuestra vida. Podemos evitar la conversación, pero no sus efectos.
Nos cuesta mirar el lado humano de quienes están en la vida pública. Más allá de las diferencias políticas, considero que Keiko Fujimori ha demostrado fortaleza. Ha enfrentado un divorcio, la crianza de dos hijas y la muerte de su padre. Podemos discrepar de sus decisiones, pero no deberíamos perder la empatía. Del mismo modo, me parece injusto repetir que “nunca ha trabajado”. ¿De verdad creemos que liderar un partido político durante años, recorrer el país, organizar campañas, formar equipos y sostener una estructura nacional no es trabajo?
Y por eso quiero terminar hablando de la presidenta. Se nota cuando alguien está preparado, domina la palabra y comprende la responsabilidad. Esa debería ser la exigencia mínima para quien gobierne el Perú.