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Fue uno de los guardaespaldas de mi padre durante tres o cuatro años, a fines de los ochenta e inicios de los noventa. Cuando llegó a nuestra casa tendría, a lo mucho, treinta años. Pertenecía a la escuela de inteligencia del Ejército, pero en paralelo estudiaba derecho en la universidad San Martín (a pesar de ser el alumno más viejo de la clase, sacaba las mejores notas, o al menos eso decía). De hecho, en casa lo apodamos Petete por eso, por sabiondo, porque siempre tenía una respuesta para todo. Lo recuerdo siempre con camisas blancas de manga corta y pantalones de drill, ese era su ‘uniforme de trabajo’. Y también me parece verlo ahora lustrando sus zapatos de cuero con una hoja arrancada de sus cuadernos. «A tu viejo no le gusta que tengamos los zapatos sucios», me decía.

Petete se peinaba con raya al costado y nunca dejaba que el flequillo se le desacomodara. En sus mejillas se distinguían marcas de un tenaz acné adolescente. De todos los escoltas que mi viejo tuvo en aquel tiempo (Marco Antonio, Kike, Pajarito, Seminario), Petete fue el más cercano, el que hablaba más con nosotros, los hijos del general. Yo aún no era siquiera un adolescente, de modo que me dejé influir por él. Era mi amigo, quiero decir. Jugábamos fútbol en la pista, participaba de los torneos familiares de pimpón que yo organizaba, y a veces, en súbitos accesos de confianza, hasta nos regalaba material de lectura. A mí madre le obsequió el famoso Yo visité Ganímedes; a mi hermana, un Manual de Carreño; y a mí, toda su colección de historietas de Memín Pinguín. La primera revista porno que tuve entre las manos salió de la guantera del auto de los guardaespaldas: se llamaba Cinco, su dueño era Petete. Recuerdo haberme espantado primero y enseguida interesado con esas fotos de mujeres desnudas, imágenes que se intercalaban con artículos de actualidad con títulos del tipo: «La masturbación en el comunismo» o «Miguel Bosé anuncia matrimonio con Camilo Sesto».

Petete estaba casado y tenía un hijo pequeño. A mí, ya lo di a entender, me trataba como un hermano menor. Me recomendaba películas de artes marciales (sobre todo las de Bruce Lee); me enseñó a rastrillar su Beretta de nueve milímetros y a dispararla en seco; y cuando le contaba de las chicas que no me hacían caso en el colegio, me daba consejos que parecían salidos de un manual de combate militar («hay que dar batalla hasta el final», «el peor enemigo es la inseguridad», «tienes que mantenerte alerta para saber cuándo actuar»).

Una vez que el gobierno de Fujimori ordenó que a mi padre le retiraran la seguridad, nos despedimos de Petete como si no lo fuéramos a ver nunca más. En efecto, nunca más lo vivimos, pero permanecimos en contacto durante una larga temporada. Muchos años después, me llegó el rumor de que él había integrado un grupo paramilitar y participado de una matanza. Nunca pude confirmarlo, pero la sola sospecha me llevó a ignorar los numerosos mensajes de texto que me enviaría en los años siguientes. Me dolía imaginar que el mismo hombre que había estado sentado tantas veces en el comedor de mi casa, interactuando conmigo y mis hermanos como un familiar más, fuera un posible asesino.

El Petete que conocimos era un gran tipo. Nos cuidaba. Casi no dormía. Se desvelaba dando vueltas por el barrio para asegurarse de que no sufriéramos un atentado con bombas o un secuestro. Era un profesional. No lo he dicho hasta ahora, pero se llamaba Luis Hernández, igual que el poeta. Luis Alberto Hernández Sangay. A pesar del distanciamiento, nunca olvidé su nombre.

Hace una semana volví a escucharlo en un noticiero. El reportero de "24 Horas" informaba: «la identidad del coronel del Ejército en situación de retiro asesinado en Chorrillos por unos delincuentes responde al nombre de Luis Alberto Hernández Sangay». La noticia me golpeó como si hubiera visto a Petete el día anterior. Los delincuentes le hicieron reglaje a su salida del banco y lo mataron para robarle tres mil soles. Él, a sus sesentaicuatro años, forcejeó con los criminales, pero lo redujeron disparándole un balazo en el tórax. ¿Habrá forcejeado? ¿Llegó a sacar su arma? Vi el vídeo tres, cuatro, cinco veces, para convencerme, pero me mantuve incrédulo. Antes de irme a dormir, abrí el WhatsApp y busqué su último mensaje. El 5 de diciembre de 2023, me había puesto: «Rena. Buen día. Soy Petete». Nunca le contesté. Ahora, guiado por la pena o la necedad, me atreví a escribirle: «¿Petete? ¿Estás bien?». La respuesta nunca llegó ni llegará.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Renato Cisneros es escritor y periodista

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