La decepción al cuadrado, Carlos Meléndez
La decepción al cuadrado, Carlos Meléndez

Alberto Fujimori y Alejandro Toledo han sido los últimos presidentes que más corazones movilizaron en la política peruana contemporánea. Quienes los sucedieron en Palacio –García, Humala, Kuczynski– encarnaron el “mal menor” de turno. Fujimori y Toledo, en cambio, avivaron las masas, generaron expectativas e hicieron que vastos sectores de peruanos confiaran nuevamente en presidentes. El ‘Chino’ y el ‘Cholo’ fueron apodados con cariño. Hoy que se descubre que Toledo cayó en la megacorrupción que prometía erradicar, la ciudadanía acusa un segundo golpe de decepción política. ¿Cuáles son las consecuencias del desencanto renovado en la relación de los individuos con sus gobernantes?

Escándalos de corrupción pueden gatillar grandes movilizaciones sociales. Fenómenos del tipo “que se vayan todos” son acuñados en la decepción generalizada con el establishment político. Pero normalmente son fuerzas opositoras las que lideran y dan forma a este humor social contestatario. La espontaneidad de la calle es casi excepcional (Guatemala, 2016). Tiendo a pensar que la actual “decepción al cuadrado” no va a generar olas de indignación callejera, por dos motivos. El primero, no existe tienda política que lidere el cuestionamiento a la corrupción sistémica que se ha develado. El fujimorismo y el Apra tienen su propio pasado delictivo en la materia; la izquierda tiene demasiadas sospechas después de su paso por las gestiones de Humala y Villarán. Los tradicionales “operadores políticos de la indignación” no son ajenos al manto del desprestigio. Al parecer, todos tienen su propio anticucho.

El segundo motivo es más acuciante: la indignación silente del peruano promedio. Somos una suerte de perdedores profesionales de la política, hemos normalizado la decepción. Nos es inevitable. La constatación recurrente del fraude ya no hiere sino profundiza la desafección. No hay odio, sino indiferencia. El escándalo se convierte en la broma de moda y da paso al olvido, esa estrategia cotidiana de supervivencia que nos lleva a perder nuestra capacidad de reivindicación cívica. Nuestra clase media –colectivo que normalmente se moviliza por causas republicanas como la “anticorrupción”– no le debe su ubicación de clase al Estado ni a la política. Por lo tanto, no hay reclamo sino comprobación: “Todos son iguales” y es mejor no comprarse el floro electoral de cada cinco años.

Esta seguidilla de estadistas corruptos no va a generar necesariamente la oportunidad política para un candidato antisistema tradicional. Para el ciudadano promedio no está en cuestión el “modelo” –a pesar de que no ha mostrado superioridad en prevenir la corrupción–. Tampoco está ávido de un moralizador que inyecte ánimo ante la escasez de ideas. Malas noticias para Verónika Mendoza y Julio Guzmán, respectivamente. Más bien se abre la cancha para la posibilidad del retorno del pragmatismo clientelar. Es decir, para quien reparta la torta con más eficiencia y cinismo. En una sociedad donde la coima se ha institucionalizado –faenón para los de arriba, clientelismo para los de abajo–, el populismo está más cerca que la regeneración de la clase política.