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“Niño perdido”, por Mario Ghibellini

De alguna forma, Kenji Fujimori todavía está buscando recuperar a su padre

Kenji Fujimori

(Ilustración: Mónica Gonzáles).

Kenji y sus compañeros de juegos acaban de separarse de Fuerza Popular. No llegaron a ponerse sus disfraces de ‘Avengers’ durante la conferencia de prensa en que lo anunciaron, pero es de suponer que ganas no les faltaban, pues algo de venganza había en el gesto y además porque es ‘diver’. Como coloridos globos de gas, sin embargo, varias preguntas quedaron flotando en el aire cuando la fiesta terminó. ¿A dónde va este muchacho? ¿Aspira realmente a ser presidente? ¿No era que todo lo que quería era conseguir el indulto para recuperar a su padre?

En esta pequeña columna, tenemos algunas hipótesis al respecto.

A La Molina no voy más

Para empezar, lo de la presidencia nos parece que podemos descartarlo. El chico no habrá estado en el equipo de ajedrez de su promoción, pero conoce sus límites y vive satisfecho dentro de ellos. Punto para sus mentores.

El indulto, por otra parte, era un instrumento antes que un fin en sí mismo. La libertad de su padre era simplemente el requisito para alcanzar lo que en verdad quería: recuperarlo. No olvidemos lo cercanos que fueron hasta que el ingeniero emprendió su larga gira por el Oriente más bien lejano, y las escenas tipo ‘home alone’ que vimos protagonizar al joven portador del pesado legado familiar cuando visitaba Lima en sus vacaciones universitarias.

Liberado que fue, no obstante, el ex presidente no resultó el reivindicador de Kenji que algunos esperaban. No tosió haciendo volar a sus enemigos de los puestos claves en la organización fujimorista ni obligó a Keiko a dejar sin efecto las medidas disciplinarias en marcha para establecer un nuevo equilibrio en la cadena de mando naranja. No quiso o no pudo hacerlo, quién sabe; pero lo cierto es que la hermana mayor espació pronto sus visitas a La Molina y consolidó su poder en el Paseo Colón.

No es difícil imaginar, entonces, al muchacho un tanto defraudado y tratando de encontrar una figura parental en otro lado. Un poco a la manera de ‘los Niños Perdidos’ en Nunca Jamás, solo que en lugar de buscar una madre –como ellos hacían con Wendy–, él buscaría a un papá de reposición.

Es en ese contexto, quizás, que hay que entender los términos del ‘Acuerdo de gobernabilidad’ que ha propuesto. La gobernabilidad, después de todo, solo es posible acordarla con el gobierno. Y “reafirmar la reconciliación nacional” o “ejecutar las obras de agua y desagüe” son expresiones que suenan más ppkausas que cualquier cosa que Sheput o Violeta puedan haber dicho últimamente a nombre de la bancada oficialista.

Hemos observado aquí alguna vez que, en ocasiones, la ira que Keiko descarga en el actual presidente da la impresión de estar dirigida en realidad contra alguien más. Digamos, otra persona mayor, con pasaporte extranjero y que antaño solía usar la misma banda cruzada sobre el pecho para dar órdenes y encabezar ceremonias.

A lo mejor –decimos, es un decir–, algo semejante, aunque de signo inverso, le ocurre ahora a Kenji. No en vano la congresista Cecilia Chacón ha llegado a decir que se ha convertido prácticamente en el ‘nuevo premier’ de PPK. Zavala, por lo pronto, debe estar celosísimo.

Esta columna fue publicada el 3 de febrero del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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