El reciente terremoto de magnitud 7.4 registrado en Colombia volvió a poner en alerta a la región y recordó que los movimientos de la tierra pueden presentarse de manera inesperada. Estos eventos suelen generar preocupación y, en muchos casos, también dudas sobre la forma correcta de referirse a ellos. En medio de la incertidumbre, términos como sismo, temblor y terremoto aparecen constantemente en las conversaciones y medios de comunicación. Aunque suelen utilizarse como si fueran sinónimos, existen diferencias que conviene conocer. Comprender qué representa cada denominación permite interpretar mejor la información relacionada con estos fenómenos. Además, ayuda a evitar confusiones cuando se reporta la ocurrencia de un movimiento sísmico. A propósito de lo ocurrido en Colombia, repasamos qué hay detrás de estos conceptos y por qué es importante distinguirlos.
Cuando la tierra se sacude, una de las expresiones más utilizadas es “sismo”. El Instituto Geofísico de Ecuador explica que se trata de una “sacudida de la superficie terrestre por dislocación de la corteza. Las fuentes son de varios tipos (tectónicas, volcánicas, explosiones, meteoritos, etc.), siendo las más comunes las tectónicas”. Es decir, no todos estos fenómenos tienen necesariamente el mismo origen, aunque los movimientos asociados a la actividad tectónica son los que ocurren con mayor frecuencia.
En el lenguaje cotidiano, las palabras “temblor” y “sismo” suelen utilizarse para describir el mismo fenómeno. Sin embargo, conviene tener cuidado cuando se intenta establecer una diferencia basada únicamente en la intensidad o en las consecuencias del evento. El uso popular ha llevado a que se denomine “temblor” a una sacudida que no provoca mayores afectaciones y “terremoto” a aquella que ocasiona daños, pero esta clasificación no responde a un criterio científico.
El propio director del Instituto Geofísico del Perú (IGP), Hernando Tavera, ha cuestionado esa interpretación. “Cuando el suelo se sacude y no produce daños y solamente es susto, le llamamos temblor. Cuando deja un muerto le solemos decir terremoto. Eso no es cierto. Es una mala interpretación”, señaló anteriormente en declaraciones a El Comercio. Por ello, la diferencia no debería establecerse simplemente por la presencia de víctimas o por el nivel de destrucción observado.
Para conocer cómo se sintió un movimiento y cuáles fueron sus consecuencias en determinado lugar, los especialistas recurren a la intensidad. Una de las herramientas utilizadas para describir este aspecto es la Escala Modificada de Mercalli, compuesta por 12 niveles identificados con números romanos, desde el I hasta el XII. A diferencia de la magnitud, esta referencia permite evaluar los efectos que el fenómeno produjo sobre las personas, las construcciones y el entorno.
Un ejemplo es el grado VI, que corresponde a un movimiento percibido por toda la población y que puede generar temor, dificultades para caminar, caída de objetos, rotura de ventanas y vajilla, desplazamiento de muebles y grietas en edificaciones vulnerables. También pueden registrarse movimientos visibles en árboles y arbustos, además de otros efectos que permiten determinar cómo fue experimentado el evento en una zona determinada.
En el extremo superior de la escala de intensidad se encuentra el grado XII, asociado con consecuencias severas como la destrucción total, el desplazamiento de grandes masas de roca, la distorsión de las líneas de nivel y el lanzamiento de objetos al aire. Estas categorías permiten dimensionar los efectos observados después de un movimiento y ayudan a los especialistas a describir su impacto sobre una determinada localidad.
Pero intensidad y magnitud no significan lo mismo. La magnitud está relacionada con la energía liberada en el foco del evento y transformada en ondas sísmicas. Según el trabajo de Hernando Tavera publicado por el IGP, este concepto permite cuantificar el tamaño del fenómeno desde su origen. De acuerdo con las características del registro, existen diferentes tipos de magnitud, entre ellas la magnitud local (ML), la magnitud de ondas de superficie (Ms), la magnitud de ondas de volumen (mb) y la magnitud basada en la duración total de la señal sísmica (MD).
Así, términos que suelen mezclarse en una conversación cotidiana responden a conceptos que deben analizarse con mayor precisión. “Sismo” funciona como una denominación general para el fenómeno, mientras que expresiones como “temblor” y “terremoto” suelen adquirir distintos significados en el uso común. Entender estas diferencias resulta especialmente relevante en países expuestos a una intensa actividad sísmica, donde interpretar correctamente un reporte puede ser tan importante como conocer las medidas de prevención.