Siempre digo que el deporte es mucho más que una actividad física o un entretenimiento de fin de semana; es una escuela de vida. Para las mujeres, su práctica es muchas veces un acto de rebelión contra expectativas sociales obsoletas, un grito silencioso que dice: “¡Yo también quiero, yo también puedo!”.
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Pasamos por distintas etapas y todas, a su manera, son retadoras. El deporte nos equipa para navegar esas transiciones, convirtiéndose en un motor de empoderamiento personal y colectivo.
Todo comienza en la adolescencia, ese campo minado de inseguridades y presiones por encajar. Para muchas niñas, la disciplina deportiva es refugio: un espacio donde el valor se mide por el esfuerzo y la constancia, no por la talla ni los clics. La soledad y la ansiedad se disuelven en el sudor compartido, construyendo amistades reales. Se aprende que caer es parte de ganar y que la mejor versión de una misma es la que se atreve a intentar.
Cuando llega la maternidad, los roles y las expectativas se vuelven más complejos. Tomarse una hora para hacer ejercicio parece un lujo teñido de culpa. Pero no somos solo mamás: seguimos siendo nosotras. Mantener ese espacio personal es un acto de salud mental, de autorrespeto y una enseñanza poderosa para nuestras hijas: la importancia de preservarse para poder cuidar a otros sin dejar de ser una misma.
El deporte es una metáfora de igualdad. Nos recuerda que la competencia se basa en el talento y la dedicación, no en el género. En él no solo desarrollamos fuerza: creamos historia, espacio y visibilidad.
Nos convertimos en una fuerza imparable que transforma cada cancha, oficina y hogar en un lugar más equitativo.
Hagámoslo por nuestras hijas y por las que soñaron hacerlo antes.