Jorge Madueño y su hijo Augusto, quien prepara un disco/documental en honor al trabajo de su padre.
Jorge Madueño y su hijo Augusto, quien prepara un disco/documental en honor al trabajo de su padre.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

Un padre de familia con 5 hijos, sale temprano de su casa para empezar un día más como ingeniero. Como muchos, como miles, vuelve al hogar ya de noche. La música era entonces una mueca reprimida en su sonrisa. Un niño lo veía llegar con ese silencio en los dedos; luego, otro pequeño, cargado en sus brazos, observaba de cerca esos ojos que chispeaban con un do re mi, matizados con imágenes de paseos familiares en el auto por la Lima de los años 70, en una escena que parecía canción de un ajeno repertorio; más tarde, uno más chico, travieso, lo espiaba en silencio cuando llegaba al anochecer cargado de quesos, morcillas y algún vino, presto a escribir y componer en la sala de casa, incluso sin guitarra: había tantos sonidos en su cabeza, haciendo amistad, dando saltos, vueltas y brincos, que él parecía ya saber cómo sonaría todo cuando fuera ejecutado. Las partituras en sus manos parecían llenarse solas, mágicamente, por largas horas de creación en las que su sonrisa regresaba a su lugar.

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Así recuerdan Jorge, José Luis y Augusto Madueño a su padre, desde los confines de la primera imagen que guardan de él. Además de sus herederos naturales, son –al lado de sus hermanas Rocío y Claudia- testimonio vivo de sus primeras lecciones musicales, del trabajo que lo ha llevado a ser quien es.

Durante toda su carrera, Jorge Madueño Romero se caracterizó por la efervescencia de ideas, por la intensidad, por la energía, por la locura, definida como todo aquello que rebasa los límites de lo común, lo cotidiano, lo usualmente aceptado. Desafió los cánones musicales de su época, sacó la música de atmósferas rutinarias hasta límites donde ya no había oxígeno, para insuflarle un nuevo elemento que le diera vida, originalidad, magnificencia, vuelo.

Un poco para darle gusto a su padre, estudió Ingeniería, pero después de unos años trabajando en el negocio familiar que él había fundado –Madueño contratistas- transformó las fórmulas matemáticas y exactas a la realidad de un mundo habitado por blancas, negras, redondas, corcheas y semicorcheas para elaborar otro tipo de construcciones, menos concretas o terrenales, pero más cercanas a lo que quería hacer con su vida. En poco tiempo y gracias a su curiosidad, inteligencia, talento y habilidad se convirtió en director de orquesta, arreglista, compositor, investigador, multiinstrumentista y docente de música, maestro de diversas generaciones de artistas en una carrera que se extiende ya por más de 50 años. Debutó en 1968, como arreglista, guitarrista y productor musical del disco “Así canta Rubén Flórez”, elegante producción de quien sería luego padre de nuestro tenor más importante de estos tiempos, Juan Diego Flórez. Más tarde, en 1978, grabó un tesoro: “El Mismo Puerto… Carta a Juan Gonzalo”: poemas del célebre vate tacneño Rose, amigo suyo, musicalizados por el compositor Víctor Merino, con sus arreglos imponentes y la voz de Tania Libertad. Escribió también canciones como “Huayno sin fin”, “Serenata”, “Zampoña” o “No canto más si no me escuchas”, y compuso unos 40 temas con otro amigo suyo, el poeta César Calvo.

Jorge Madueño junto a Jean Pierre Magnet.
Jorge Madueño junto a Jean Pierre Magnet.

A pesar de eso, recién está produciendo el primer disco como intérprete de su carrera, apurado por el mal degenerativo que lo aqueja. El disco/documental que su hijo Augusto –en colaboración con su amigo Luciano Musitani- está preparando como testimonio, “¿A dónde fue?, Homenaje a Jorge Madueño”, registra esa grabación, el reencuentro con sus amigos y una recopilación de memorias y anécdotas que hacen perdurar la importancia de su labor y su trascendencia hasta la actualidad. “Jorge, antes de ser cualquier otra cosa, incluso padre, siempre fue músico –nos dice Augusto-. Su vida entera gira en torno a la música. Por eso hago esto, primero, no como hijo, sino como músico, porque valoro la obra de mi padre por encima del vínculo sanguíneo que nos une”. Este documental registra el último esfuerzo de Jorge por grabar su primer disco con composiciones propias -cantadas por él y otros artistas-, que quedarían ocultas si no fuera por la insistencia de Augusto porque su padre haga este último esfuerzo en el que es, probablemente, el momento más difícil de su larga y fructífera vida. Sacar adelante este trabajo para dar por concluida su carrera musical, antes de que el Alzheimer le impida seguir adelante con normalidad es, ahora mismo, su misión principal. “Cuando mi padre se dio cuenta del avance de la enfermedad, dejó de enseñar y decidió que quería terminar sus días sobre los escenarios. Esta ha sido una lucha contra el tiempo muy fuerte. Nos fuimos dando cuenta de que no iba a poder cumplir ese deseo, pero sí podrá despedirse en un estudio”, agrega Augusto.

El olvido que seremos

“Quise volver a escribir mi canción/ Esa que el tiempo cantó/ Ha sido vano su verso mejor/ Entre sus notas perdí la emoción”, cantó Eva Ayllón en 1982 al publicar “Un vals así “, canción escrita por Paco García Silva con música de Jorge Madueño. Por eso, en estos nuevos tiempos, volvió a entonarla para convertir su recuerdo en una sonrisa actual. “¿Quién es la que está cantando mi canción?”, le preguntó “El maestro” –como lo llaman cariñosamente- Jorge a Augusto en el célebre estudio de Elías Ponce –donde han grabado muchos importantes artistas peruanos y hoy está a cargo de su hijo José Carlos- mientras se grababa la nueva versión de aquel dulce vals. “¿No la recuerdas, papá?, mírala bien”. Primero, Jorge Madueño pareció molestarse, incomodado por esa voz que creía desconocer. Sin embargo, poco a poco y como si fuera un niño cediendo a los arrullos maternales, quedó hipnotizado por aquella voz. Apenas acabó el tema pidió acercarse a ella. “El maestro” ya no recuerda mucho de lo que pasó o a muchos de los que pasaron, pero frente a la mirada de Eva Ayllón el abrazo se hizo inevitable. Fue fondo instrumental perfecto para esa tarde de reencuentro.

“Los sueños de crear arte puro, verdad y belleza, apartados de intereses o inquietudes comerciales o banales fueron nuestra meta –nos cuenta Francisco “Paco” García Silva, autor de aquel tema interpretado por Eva y amigo de Madueño desde 1974-. Veladas interminables repletas de poesía y música, charlas, planes y lecturas fueron el pan de cada día. César Calvo, Juan Gonzalo Rose, Chabuca Granda, Manuel Scorza, Antonio Cisneros, Mario Vargas Llosa y Fernando de Szyszlo, entre otros artistas e intelectuales fueron nuestros invitados y correligionarios. Jorge Madueño fue siempre la figura icónica en torno a la cual todos nos congregábamos, contagiados por su efusiva naturaleza y su pasión por el arte y belleza en el entorno de una humanidad impoluta que solo brillaba en su corazón y en su mente súper dotada”.

Esa mente súper dotada supo mostrarle el camino a músicos de distintas generaciones y estilos, desde la subte María T-ta hasta el lírico Juan Diego Flórez, pasando por otros reconocidos nombres como Gianmarco, Julio Pérez de La Sarita, Lucho Gonzáles, Pepe Céspedes, Coco Salazar, Andrés Dulude, Jorge Pardo o hasta Miss Rosi. También estuvieron cerca los grandes saxofonistas Carlos Espinoza y Jean Pierre Magnet.

Susana Baca fue otra de las artistas alcanzadas por su influjo. “No puedo decir exactamente la fecha en que conocí a Jorge Madueño, pero sí recuerdo que fue a través de Chabuca Granda. Ella me llevó a una reunión con “jóvenes músicos”, como ella decía. Su generación es una generación maravillosa de la vanguardia de la música del Perú”, recuerda Baca. “Con el tiempo gocé de su amistad y ese gran talento y pasión que lo caracterizaba. Jorge Madueño se convirtió, para mí, en esos personajes que sabías con solo mirarlo que era músico. Por su conocimiento pudimos hilvanar una amistad musical en las coincidencias de nuestras búsquedas. Yo caminé en la búsqueda de la lírica y la poesía y él por las corrientes de la música contemporánea cercana al jazz... pero Jorge sintió el llamado de dejar un legado. Creó una escuela de música, Antara, y en esa escuela yo fui su alumna. Tengo una memoria de Jorge Madueño que me llena los dos espacios de la vida: la ternura del maestro y la admiración del creador.”, nos confiesa la artista. A esto, solo podemos agregarle las palabras de otro maestro, Óscar Stagnaro, músico y profesor en el Berkelee College: “Jorge Madueño es uno de esos personajes que está escondido en el ambiente, pero que si no existieran, no habría ambiente”.

Maestra vida

El vínculo de Madueño Romero con Chabuca es ampliamente conocido. No solo trabajó de cerca con ella en la orquestación de sus espectáculos, como director musical, sino que le preparó una misa criolla para ser interpretada en el matrimonio de su hija Teresa. Curiosamente, en 1990, un festival de la canción que llevaba el nombre de la artista cotabambina fue la única oportunidad en que Jorge Madueño tocó en vivo junto a sus hijos mayores, Jorge (“Pelo”) y José Luis. “Un momento muy emotivo”, según recuerda Frank Edgar, bajista, ex integrante de La Sarita o La liga del sueño y mano derecha de de Madueño padre en Antara, la escuela de música que funcionó entre 1989 y 1991 en Jesús María, que se convertiría en epicentro musical para la formación de futuros grandes artistas. “Yo había escuchado, en 1975, el disco “Canciones de Juan Castro Nalli”, orquestadas por Jorge Madueño, que era el disco con la orquesta más grande grabado hasta entonces en el Perú –nos cuenta Edgar-. Ese disco se utilizaba como música de fondo de varios programas de TV, incluido, “Lo que vale el saber” con Pablo de Madalengoitia”. “Lo conocí el año 88. Imagínate conocer a un artista de ese nivel. Me imaginaba que, por los arreglos de la orquesta, era un tipo metódico, organizado, cosa que era, claro, pero además tenía un carácter totalmente demente, una absoluta locura en el mejor sentido”. Impresionado por las atmósferas que Madueño era capaz de crear con sus arreglos gracias a estas cualidades, Edgar también tuvo oportunidad de vivir anécdotas inolvidables. “Una vez se reunieron los actores de la película “Abisa a los compañeros”, a la que el Maestro le había compuesto una banda sonora excepcional. Estaban ahí Orlanda Sacha o Gustavo McLennan y Jorge se subió sobre la mesa, se puso una media en la cabeza y empezó a gritar como asaltante de bancos, haciendo como si sostuviera una metralleta, actuando los papeles de todos en la película casi de memoria, con su música de fondo. Todos estaban cagándose de la risa. Así de histriónico y de gracioso fue siempre.” Edgar también recuerda con cariño cuando el Maestro se enteró que a su hijo Pelo, entonces baterista de Narcosis, la policía lo había perseguido después de cantar su clásico “Sucio policía” en un festival de rock subterráneo. “Se compró unas chelas para celebrar y dijo que Pelo se había atrevido a hacer algo que él nunca pudo, matándose de risa”. Para Edgar, lo más resaltante de Jorge Madueño es haber tenido la capacidad de crear toda una generación de músicos, acogidos muchos en la escuela Antara que, para 1990, tenía unos 260 alumnos, bastante más que el propio Conservatorio Nacional de Música. “Jorge Madueño nunca tuvo el afán de figurar, cuidó su imagen pública, no le importó la fama. Aunque me hubiera gustado que le llegue más joven, este documental es un reconocimiento que lo dignifica. La suya es una lección de vida”, agrega.

“El maestro siempre ha sido alegre y cariñoso, súper comunicador. Tenía muchas historias, siempre me contaba cosas y era bien divertido. Por ejemplo, cuando veíamos el tema de ritmo en 3/4 se paraba y se ponía a bailar un vals para explicarme las cosas más fácil”, recuerda Alec Marambio, otro destacado alumno suyo. Y confiesa: “Ahora yo también soy profesor de música y aprecio todo lo que me enseñó, porque, de alguna forma, me enseñó a enseñar”.

Pelo, su primogénito varón, relaciona las primeras imágenes que tiene de su padre, vinculadas a la música, con las célebres reuniones en su casa junto a otros músicos, poetas y artistas desarrollando proyectos, al mismo tiempo que recuerda las lecciones de piano que le daba a él y a sus 4 hermanos al mismo tiempo. “Yo lo recuerdo en su cuarto de trabajo siempre escribiendo música y grabando con sus colegas, en reuniones musicales –agrega su hermano José Luis-. Su aventura musical nos hizo vivir, desde niños, un ambiente mágico de armonía, amistad, amor y creatividad.”

Augusto, finalmente, comparte la motivación más grande para este proyecto documental: “Este es un mensaje en la lucha contra el Alzheimer y la historia de cómo mi papá va reencontrándose a sí mismo a través de sus canciones. Parte del objetivo de este documental es que mi papá lo pueda ver todos los días para que recuerde quién es”. //

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