Hay personas que dejan huella por lo que logran.Y hay otras, muy pocas, que dejan huella por cómo lo logran. Ramón Barúa Alzamora fue, sin duda, de las segundas.
Tuve el privilegio de trabajar con Ramón por más de 20 años. Y si tuviera que resumir lo que significó para quienes lo conocimos, diría que fue un líder ejemplar, pero, sobre todo, una gran persona.
En un mundo empresarial donde muchas veces se prioriza lo urgente sobre lo importante, Ramón siempre tuvo claridad sobre lo esencial: los valores, las personas y el propósito.
Fue un líder de principios firmes, de integridad incuestionable y de una forma de hacer empresa basada en la confianza. Su autoridad nacía de la coherencia entre lo que decía y lo que hacía.
Tenía además una cualidad que no siempre se reconoce lo suficiente en el liderazgo: una actitud profundamente positiva. Incluso en momentos difíciles, Ramón transmitía calma, perspectiva y optimismo.
Pero su liderazgo no se limitaba a la empresa. Ramón era, ante todo, un hombre de familia. Un esposo, padre, abuelo, hermano y amigo presente. Cercano y profundamente humano.
Amaba al Perú. Creía en su potencial y en su futuro con una convicción genuina. No desde el discurso, sino desde la acción. A lo largo de su trayectoria contribuyó de manera decisiva a construir instituciones sólidas, modernas y comprometidas con el desarrollo del país.
Quienes tuvimos la suerte de trabajar con él nos quedamos con lo más valioso: sus enseñanzas.
Nos enseñó que se puede liderar con firmeza y con respeto.Que se puede exigir excelencia sin perder la humanidad. Que los valores no son negociables, especialmente cuando es más difícil sostenerlos. Y que el impacto de un líder se mide, en gran parte, por las personas que ayuda a formar.
En lo personal, me quedo con el privilegio de haber compartido tantos años de aprendizaje, de conversaciones, de decisiones importantes y también de momentos simples. Lo vamos a extrañar profundamente.
Nos queda el consuelo, y también la responsabilidad, de honrar su legado. ¡Muchas gracias Ramón!