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En las calientes tierras de Vichayal, en Piura, Alberto Guzmán empezó a modelar figuras de animales. Pequeños carneros, vacas, caballos hechos con tierra, agua y greda. Tenía menos de 10 años, ya había perdido a su madre, y en ese juego solitario descubrió lo tridimensional de los objetos. A los doce años, vino a Lima, para ayudar a su padre en su trabajo de soldador de la compañía aérea Faucett. Adquirió destreza en el manejo de los metales y terminó de convencerse de que estaba hecho para dar forma al mundo.
En las calientes tierras de Vichayal, en Piura, Alberto Guzmán empezó a modelar figuras de animales. Pequeños carneros, vacas, caballos hechos con tierra, agua y greda. Tenía menos de 10 años, ya había perdido a su madre, y en ese juego solitario descubrió lo tridimensional de los objetos. A los doce años, vino a Lima, para ayudar a su padre en su trabajo de soldador de la compañía aérea Faucett. Adquirió destreza en el manejo de los metales y terminó de convencerse de que estaba hecho para dar forma al mundo.
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Más tarde, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, se convertiría en el pionero de un nuevo lenguaje escultórico. Eran los años cincuenta y algo estaba cambiando en la escena artística local. El manifiesto de la Agrupación Espacio de 1947 había sentado las bases de la corriente moderna en el Perú y la creación del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), en 1955, terminó de instalar en el centro del debate los lineamientos teóricos y prácticos de la abstracción, expresados por toda una generación de artistas de la que Guzmán formaría parte.
“Su generación, pionera de la abstracción local, incluía nombres como Fernando de Szyszlo, Emilio Rodríguez Larraín, Jorge Piqueras y Jorge Eduardo Eielson: un archipiélago de jóvenes talentos, en su mayoría afincados en Europa, donde desarrollaron parte importante de sus carreras. Sin embargo, ese desplazamiento no implicó desarraigo ni disolvió sus identidades al influjo de las cambiantes modas cosmopolitas”, escribe el crítico Luis Eduardo Wuffarden en un ensayo del libro-catálogo Alberto Guzmán: escultura y obra en papel, un volumen que será presentado próximamente y que recupera el legado de un artista que a punta de intuición y talento abrió un nuevo camino en el arte escultórico peruano.
Una bailarina solitaria
Después de egresar, con medalla de oro, de la Escuela Nacional de Bellas Artes, el nombre de Alberto Guzmán cobró pronto notoriedad. En agosto de 1958 la Universidad Nacional de Trujillo convocó a un concurso para erigir una escultura a la marinera. Nuestro artista se presentó con una obra que representaba a una bailarina solitaria de formas sintéticas y estilizadas. El jurado, compuesto por Joaquín Roca Rey, Julia Codesido y Sebastián Salazar Bondy, entre otros, le otorgó el premio. Entonces, se desató la polémica.
Según cuenta el historiador de arte Fernando Villegas, en otro ensayo del libro, el propio auspiciador del certamen no estuvo de acuerdo con la decisión del jurado, pues esperaba una representación ‘realista’ de una pareja de baile. Especialistas del folclore como Rosa Mercedes Ayarza y Rosa Elvira Figueroa también alzaron su voz de protesta. “Mi obra —se defendió Guzmán— la he realizado siguiendo principios alegóricos y no ciñéndome al relato o carácter documental de la marinera”.
Luego, Guzmán obtendría el Premio Nacional de Escultura Baltazar Gavilán, viajaría becado a París y retornaría por unos días a Lima, en setiembre de 1959, para inaugurar su primera exposición individual en el IAC con quince obras, en su mayoría abstractas. El crítico Juan Acha destacó en ellas “la habilidad para sojuzgar la materialidad del hierro”. Y Salazar Bondy puso énfasis en el interés de Guzmán por lo escultórico “que no puede ni debe ser documental”, según cita la historiadora Nanda Leonardini, en otro texto del libro.
Con el maestro en París
La decisión de Guzmán de radicar en París, una vez culminada la beca, consolidó su formación artística y lo convirtió en uno de los referentes del arte latinoamericano en la capital francesa. Uno de los testigos de esta etapa consagratoria fue el escultor peruano Álvaro Roca-Rey. Entonces, él acababa de egresar de una escuela superior de arte y un amigo le contó que el famoso escultor peruano Alberto Guzmán buscaba un asistente.
Se presentó y al día siguiente ya estaba trabajando en su atelier. “Era un lugar fabuloso —recuerda Roca-Rey—, estaba ubicado a 45 minutos del centro de París, dentro de un bosque, un espacio subvencionado por una fundación”. El hoy reconocido escultor trabajó con Guzmán cerca de dos años y medio, y lo define como un artista más intuitivo que metódico. No usaba regla de cálculo y daba escuetas instrucciones. Su talento no estaba en el hablar sino en el hacer. “Nuestras coordinaciones eran bastante sencillas —cuenta—. Me decía, ‘hazme estas varillas soldadas’, él las llamaba peines, o ‘corta estas esferas y prepara cuatro o seis’. Era como trabajar en cadena. Y la cosa funcionó tan bien que contrató a otra persona para que limpiara el taller, porque le resultaba más práctico que yo lo ayudara a producir sus obras”.
Sobre las esculturas de Guzmán, Roca-Rey afirma: “No creó de la nada, sino supo modificar lo que ya existía y le dio un toque personal. Por ejemplo, (Arnaldo) Pomodoro hacía ya esferas rotas, pero Guzmán les puso varillas, casquillos de balas, hizo algo más agresivo, pero genial”.
La esfera desgarrada
Las esferas abiertas de Guzmán —sus obras más conocidas— parecen remitir a mundos desgarrados por la implosión de sus propios elementos. “No es difícil detectar sugerencias orgánicas y telúricas —escribe Wuffarden en el texto citado—, aunque en un nivel más profundo suelen aflorar otro tipo de metáforas, inspiradas por un mundo bipolar en permanente estado de zozobra debido a las tensiones de la denominada guerra fría”.
Otro aspecto destacado de su quehacer artístico fue su permanente incursión en las artes gráficas y los bocetos, donde traslada lo tridimensional de la escultura al acotado universo bidimensional. Esa comunión entre escultura, grabado y dibujo puede verse actualmente en las obras expuestas en el Museo del Grabado del ICPNA. Aquella muestra, como este libro-catálogo, dan merecida visibilidad a un artista que merece mayor difusión y que supo, como otros connotados exponentes de su generación, insertar al Perú en la cosmopolita escena contemporánea.
La exposición Alberto Guzmán (1927-2017). Obra gráfica, dibujo y escultura puede verse hasta el 17 de mayo, en el Museo del Grabado ICPNA (av. Javier Prado Este 4625). En este lugar se presentará el libro-catálogo Alberto Guzmán. Escultura y obra en papel, el 14 de mayo, a las 7:00 p.m.
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