En su libro quizá más famoso, “Momentos estelares de humanidad”, Stefan Zweig narra con precisión y delicia, el momento en el que Vasco Nuñez de Balboa se prepara para ser el primer europeo que va a conocer el Mar del Sur, es decir el Oceano Pacífico. Con “la bandera en la mano izquierda y la espada en la derecha”, Balboa asciende hasta llegar a la cumbre.
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Cuando llega, se abre “una enorme vista”. Allí está el “disco de metal reluciente: el mar, el mar, el nuevo, el desconocido, hasta ahora únicamente soñado y jamás visto, el legendario, el mar buscado en vano desde hace años por Colón y por todos sus sucesores…”. Poco después, el cacique de una comunidad le dice por primera vez el nombre de una región más al sur. Es un nombre melódico y extraño, “Birú”. Balboa estaba en alguna de las cumbres de las montañas Urrucallala y era el 25 de setiembre de 1513.
Ese mar, “disco reluciente”, que conmovió y asombró a Balboa es hoy un personaje de la vida en Lima. Uno piensa que el asombro que capturó a Balboa no ha desaparecido. La primera lección que recibimos del mar es que la aparente monotonía de las olas se convierte en un movimiento dramático y múltiple cuando estalla cerca de la orilla. Remolinos, rumores, una explosión de colores blancos, verdes y azules, el movimiento de la arena o de las piedras: son procesos distintos para cada una de las olas a nuestros pies.
Algunas mañanas he llegado a Los Yuyos en Barranco para repetir la experiencia de toda mi vida, una revelación de los sentidos. El frío del agua y el calor del aire, el azul del mar y el amarillo de la arena, experiencias de contrastes que el rumor sostenido quiere apaciguar.
Hoy veo que hay algunos muchachos que nadan con fluidez mar adentro. Pero también hay a mi lado algunas personas mayores como yo, que solo buscan lo que yo he buscado. Sentir el mar de cerca, con el frío benefactor en los pies y el rumor inquietante en las distancias que marca el cielo. Esa línea que divide el agua del resto del mundo siempre es incierta y parece moverse.
Uno piensa que el mar nos unifica a todos los que hemos crecido cerca de sus lecciones. Hay una aparente rutina en el movimiento de las olas pero cuando uno se detiene a observarlas, esa sucesión siempre es imprevista y sorpresiva, dentro de su cauce. Algunas gaviotas pasan comentando con su ligereza, el movimiento masivo. El estallido del agua y el descanso que viene a continuación se renueva siempre. Es un reflejo de la persistencia de la vida. Es el mismo mar que vieron nuestros padres y que verán nuestros hijos y nietos. Pero observarlo de cerca, asimilar las distintas horas del día, esperar el drama sangriento del crepúsculo, son los privilegios del verano.
Me quedo un rato de pie, luego camino, siempre junto a las caricias de la arena. Me encuentro con un señor de pelo blanco, como yo, que me mira y que parece haber hecho lo mismo. Me ofrece una sonrisa breve de reconocimiento. Es el pacto de la mañana.
Uno no deja de sentirse marcado por los beneficios de haber crecido junto a las olas. Volvemos al mar, buscando una explicación original de lo que somos. Los que estamos en la orilla lo adivinamos en silencio.