Ambos vieron en el New Deal (puesto en práctica en los Estados Unidos por Franklin Roosevelt luego de la Gran Depresión) y en el Welfare State (Estado de Bienestar), aplicado en Gran Bretaña desde fines de la segunda guerra mundial, peligrosas manifestaciones de un colectivismo proclive a la planificación estatal, refractario a la libertad individual y, en consecuencia, potencialmente totalitario. Y es que, para el neoliberalismo, la libertad individual, la libre competencia y, por supuesto, la propiedad privada son los pilares de una doctrina que, además, redefine a los ciudadanos como consumidores y considera la riqueza y la pobreza como resultados del mérito y de la ineficiencia, respectivamente.
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Los neoliberales sostienen, asimismo, que “el mercado” distribuye los beneficios de un modo mucho más eficaz que la planificación estatal. En consecuencia, cualquier limitación de la libre competencia es considerada como una amenaza para la libertad individual; los acuerdos colectivos obtenidos por los sindicatos de trabajadores son vistos como distorsiones del mercado que impiden la formación “natural” de una jerarquía de ganadores y perdedores; y los impuestos y regulaciones son estigmatizados como obstáculos que interfieren en el libre flujo de la economía de mercado. Por otro lado, la intervención estatal es demonizada sin reservas y, en cambio, se alienta imperiosamente la privatización de servicios públicos como la energía, el agua, los medios de transporte, la salud, la educación, entre otros.
En los años setentas del siglo XX, cuando las políticas keynesianas comenzaron a declinar, las ideas neoliberales aparecieron como una alternativa viable. Pero es en la década de los ochentas, con Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos, que el paradigma neoliberal fue aplicado de manera sistemática convirtiéndose luego en el modelo económico hegemónico a nivel mundial.
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Como dice Mark Fisher en su libro titulado Realismo Capitalista, es entonces cuando el neoliberalismo “avanza y se establece de la mano del eslogan de Thatcher: No hay alternativa, un lema que se volvió una profecía autocumplida brutalmente”. No obstante, Hayek olvidó que los servicios vitales de una nación no pueden colapsar sin que colapse la nación misma y, si eso sucede, la competencia no puede seguir su curso. Entonces ocurre lo aparentemente impensable: que las empresas acudan al Estado para que éste las salve de la quiebra. A esto es a lo que Fisher llama realismo capitalista. Y es que “desde sus comienzos el neoliberalismo dependió en secreto del Estado, incluso si fue ideológicamente capaz de denostarlo. Este doble discurso quedó espectacularmente en evidencia con la crisis financiera de 2008, cuando por invitación de los ideólogos neoliberales el Estado se apuró a mantener el sistema bancario a flote”.