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No hay reyes buenos, por Jerónimo Pimentel

Un poema del conocido poeta iraní-estadounidense, Kaveh Akbar parece guardar similitud con lo que vivimos. 

Kaveh Akbar

Kaveh Akbar

La vida política peruana es una especie en observación. Peruanos y extranjeros la observan como se mira a un animal raro cuyo comportamiento se desconoce: no se sabe si prospera o decae, si ama o mata, si rapiña o juega. El espectador busca patrones, pero los eventos invitan a la perplejidad: todo parece espasmo, casualidad o capricho. Quizás esa ignorancia y la incapacidad de anticipar el próximo movimiento revelen nuestra ciudadanía de baja intensidad. Y quizás el presente político-judicial sea la forma de construirlo. Uno no puede sentir orgullo por la multitud de expresidentes procesados, como no se podría alegrar de que ninguno lo esté, vistos los indicios. Exigir serenidad o balance es imposible cuando se desconocen los extremos. Lo que nos lleva a refugiarnos en la poesía.

Kaveh Akbar (1989) es un poeta iraní afincado en Estados Unidos. En “El palacio”, poema recientemente publicado en The New Yorker, realiza una aproximación al poder y a las ilusiones alrededor de la aspiración y la jerarquía. La voz que inicia recuerda en la invocación al tono de “Imitación de Propercio”, de Hinostroza (“Los imbéciles han renunciado al Poder: yo/ me confieso imbécil”), pero es improbable que Akbar lo haya leído y ahí las referencias pasarían a ser Pound y Ginsberg. La versión de este fragmento, en absoluto estricta, no existiría sin la elaborada previamente por Matheus Calderón. Atención con la capacidad de Akbar por hallar belleza en el aforismo.

El palacio

Es difícil recordar a quién le hablo
y por qué. El palacio se quema, el palacio
se incendia
y mi trono es cómodo y
rígido.

Recuerda: el viejo rey invitó a los súbditos
[a casa
para comer pastel de manzanas y cordero
[dulce. Para comer cordero dulce
como en los cuentos. Él creyó

que lo amaban, que su bondad
había provocado bondad.

Pero la bondad lo arrastró a la calle
y le arrancaron

los brazos, lo despojaron
de su bondad, y le sacaron los dedos
como plumas.

No hay reyes buenos.
Solo lugares hermosos.

¿Quién podría sostener que solo es culpable?
Solo.

Mi vida
crece monstruosa
con facilidad.

Para ser norteamericano mi padre dejó a los
[suyos
creyendo
que no los vería nunca más. Mi padre
quería ser Mick Jagger. Mi padre
se volvió un fantasma,
terminó trabajando en granjas de patos por
[treinta años, cierta vez dormido,
en un sofá,
tosió una pluma.

Norteamérica es una metáfora, pero no lo es.
Dormido en un sofá, mi padre tosió una blanca
[ pluma de pato.

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