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Heavy metal: El sonido y la furia, por Gianfranco Casuso

El 2 de abril, en la PUCP, se presentará el documental Songs of injustice: heavy metal music in Latin America, de Nelson Varas-Díaz. Luego se conversará sobre por qué este género es catalizador de descontentos y rebeldías. Aquí las reflexiones de uno de los ponentes.

Heavy Metal: historia y cultura del género musical más pesado

Las bandas de metal en América Latina han surgido no solo como movimientos contraculturales, sino que han sabido canalizar la disconformidad de la juventud frente a problemas sociales y políticos.

Por: Gianfranco Casuso
El metal y otros géneros musicales afines han cumplido siempre un papel de denuncia y crítica social. La experiencia de descontento que les dio origen ha sido un síntoma de la existencia de distintas patologías sociales que se han ido articulando de modo cada vez más explícito. En ese sentido, su aparición ha estado fuertemente vinculada a contextos convulsionados, a momentos duraderos de anomia social e insatisfacción estructural, a desorientación axiológica y normativa. El metal ha sido, sin duda, un importante intento por articular y expresar, por caminos inéditos, nuevos problemas y nuevas demandas.

Por lo general, las transformaciones sociales se originan en la inconformidad de grupos y movimientos que adoptan la misión de mostrar al resto de la sociedad que esta se sustenta sobre creencias falsas (o potencialmente contradictorias) o valores que han llegado a perder legitimidad. Ejemplo de ello son la lucha por los derechos civiles y laborales, la abolición de la esclavitud y sus consecuencias culturales y económicas, las diversas formas de luchas feministas o aquellas en contra de los rezagos coloniales.

—Formas de ruptura—
No obstante, es verdad que toda sociedad tiende a la inercia, a la conservación de los logros ya alcanzados, por lo que es muy difícil penetrar en el imaginario social de modo que las transformaciones se acepten como necesarias. Usualmente, se generan fuertes resistencias que hacen que los cambios, aunque justos, dependan de largos y penosos procesos, no siempre exentos de alguna dosis de violencia proveniente de los sistemas que se niegan a ser modificados.

Es cierto que la música puede ser una simple repetición de patrones ya aceptados. Ese es su rol social-conservador, uno que, lejos de desafiar el statu quo, lo sostiene, al ser poco más que una vía útil de entretenimiento al servicio del sistema. Pero, partiendo de recursos existentes y anclados en una realidad que comienza a percibirse como problemática, géneros musicales como el metal pueden lograr también generar obras que rompan con las imágenes tradicionales en las que se sostienen diversas formas de injusticia social. Pueden, así, cumplir un importante rol de denuncia y alinearse con diversos movimientos sociales —o ser, ellos mismos, un baluarte de lucha.

Puede decirse que la cultura cumple un papel ambivalente: por un lado, favorece la reproducción social, pues genera una ilusión de coherencia entre los distintos valores, costumbres, principios y creencias válidas de una colectividad mediante rituales, manifestaciones artísticas, festividades y todo tipo de prácticas colectivas, así como sus correspondientes anclajes institucionales: simbólicos y materiales. Pero, al mismo tiempo, puede servir también como agente de renovación, en tanto que sus contenidos deben adaptarse a las nuevas problemáticas y necesidades, y se halla en una búsqueda permanente de nuevos medios de expresión.

Flor de loto

Flor de Loto, banda peruana que participa en el documental de Varas-Díaz, se presentará con Kranium, en el conversatorio en la Universidad Católica.

—Un desafío a la realidad—
Como parte fundamental de la cultura, el arte y, específicamente, la música puede contribuir a establecer formas efectivas y creativas de cuestionamiento social. Cuando es auténtica —y eso se puede observar bien en los orígenes no comerciales del metal— la música no conoce límites y escapa de parámetros establecidos: es creación original, es exploración constante, no solo de nuevos contenidos, sino también de nuevas vías para comunicarlos, es la generación de algo que hasta el momento no había existido y que, como tal, desafía a la realidad.

Todo aquello que la sociedad no logra comprender por no poder ser decodificado desde sus lenguajes —aquellos que, precisamente, suelen legitimar y normalizar situaciones de injusticia para distintos grupos sociales—, es interpretado como disonante, como carente de armonía y proporción, como simple ‘ruido’, como una amenaza o un estorbo. Y no es casualidad que el metal, como otras formas de expresión contracultural, haya padecido de esta estigmatización, siéndole difícil encontrar un lugar en la sociedad ya constituida.

Pero no puede olvidarse que, como todo movimiento social que comienza desde los márgenes de lo establecido, desde su condición de excluido, también el metal ha ido abriéndose paso reconfigurando el orden de las razones, las creencias, las prácticas e instituciones, y ha generado espacios de visibilización para nuevas demandas sociales.

Al estar en la búsqueda constante de nuevos públicos, la música tiene un importante carácter colectivo que permite que aquellas experiencias disonantes originadas en la insatisfacción y el padecimiento de injusticia sean transmitidas y produzcan en los otros algo similar a lo que generó originalmente en el artista: la conciencia de que puede haber realidades alternativas, la apertura hacia posibilidades infinitas y el cuestionamiento al mundo tal y como es.

De esta manera, sin perder su autonomía y su lugar como medio individual de expresión auténtica, el metal está cumpliendo una función crítica, ya que nos ofrece inagotables formas de representarnos la realidad: de recrearla una y otra vez.

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