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Contaba un amigo que durante uno de los diarios atracones de tráfico que ha sufrido en la avenida Javier Prado pudo haber abierto una edición de “Cien años de soledad”, leer las historias de los José Arcadio y los Aureliano, imaginar la hermosura de Remedios la Bella, fantasear con una temporada en Macondo, suponer cómo sería una lluvia de flores amarillas... y su auto continuaría sin moverse.
Dicen que cuando se está en trance de morir, la vida entera pasa delante de los ojos. En Lima no es necesario llegar a ese extremo. Basta con quedar atrapado en la Vía Expresa, La Marina, Túpac Amaru, la Costa Verde o alguna de las panamericanas para que la película de nuestras vidas transcurra completa, desde niños hasta viejos, del sepia al HD, pero en ‘slow motion’, cuadro por cuadro, a la velocidad con que se movilizan los vehículos en nuestra capital.
El 3% de limeños, según una encuesta de Lima Cómo Vamos, pasa al menos cuatro horas diarias de su vida trasladándose por la ciudad. En el Callao, el 5,5% puede demorar hasta seis horas. Un servicio de transporte público precario y una infraestructura vial insuficiente son razones para tanto tiempo perdido.
Por eso es un crimen que se haya construido el ‘by-pass’ de 28 de Julio, calificado por diversos especialistas como inservible, y que con el vano afán de esconder sus problemas, aparezcan defensores esgrimiendo ridículos argumentos como aquel de que “no son grietas, sino fisuras” las que decoran su agrietada superficie. O que la reforma del transporte languidezca, mientras millones sufrimos las consecuencias de uno de los peores servicios del planeta.
También que obras fundamentales para descomprimir el tráfico en ciertas zonas se encuentren paralizadas. ¿Ejemplos? La ampliación de la autopista Ramiro Prialé, llamada a terminar con ese infierno en que suele convertirse la Carretera Central entre Ate y Chosica. Los huaicos del verano y el escándalo Odebrecht han dejado como territorio de guerra 20 kilómetros de pista que debían entregarse este diciembre para beneficio de unas 500 mil personas.
Otra escandalosa demora es la que sufren los trabajos en el intercambio vial El Derby, en Surco. Allí hay 80 millones de dólares en el aire porque los trabajos empezaron a ejecutarse sin que se liberasen unos terrenos del Jockey Club.
La vía expresa sur, que unirá el zanjón con la Panamericana Sur, no ha avanzado un solo centímetro en cinco años porque existen unos 800 predios que deben ser expropiados para empezar los movimientos de tierra.
Y este es solo un repaso a vuelo de pájaro, que no deja de indignar por los millones de dólares en juego y el profundo irrespeto hacia quienes vivimos en una ciudad sin norte, caótica. Eso es Lima, una urbe que debe sobrevivir en función de las ocurrencias de quienes, para su desgracia, han sido elegidos para administrarla.










