A la izquierda, la alegría desbordante de Patch Adams, durante una visita al Perú en 2005. A la derecha, Robin Williams en la película de 1998 que contó la vida del médico/ payaso. (Fotos: Miguel Bellido/Archivo El Comercio/ Difusión)
A la izquierda, la alegría desbordante de Patch Adams, durante una visita al Perú en 2005. A la derecha, Robin Williams en la película de 1998 que contó la vida del médico/ payaso. (Fotos: Miguel Bellido/Archivo El Comercio/ Difusión)

A Patch Adams no le gusta la película “Patch Adams”. Eso para empezar. El filme de 1998 que lo hizo doble, triplemente popular, es para el médico-payaso una representación demasiado obvia de su vida y trabajo. Y tiene razón. En general, es un retrato bastante simplista de un personaje que es mucho más que eso. No solo se trata de hacer reír y luego hacer llorar mediante fórmulas conocidas de la manipulación. En la filosofía de Adams hay algo más profundo y complejo.

Lo más rescatable de la película es, eso sí, el innegable talento del Patch de la ficción, encarnado por Robin Williams. Un papel que, visto en retrospectiva, es una fatal y cruel ironía. Porque si en la ficción su misión era interpretar a un Patch Adams que lograba vencer la depresión para convertirse en curador de la misma, en la vida real Williams nunca pudo sanar su propia tristeza. Y las consecuencias ya las conocemos: el actor se colgó en su casa de California, un 11 de agosto del 2014. Siempre escondió sus fantasmas tras una eterna sonrisa de comediante.

Luego de la tragedia, el propio Patch Adams fue más amable con la memoria de Williams. Quizá su impresión de la película pueda no haber cambiado, pero hablar de la depresión y las ideas suicidas es un millón de veces más relevante que eso. Empatía, le llaman. Un valor gracias al cual Adams ha logrado salvar las vidas de cientos de personas y hacer mucho más sereno el camino hacia la muerte de tantas otras.

LA FELICIDAD JA, JA

Su nombre real es Hunter Doherty Adams, nació en Washington D.C., y hoy cumple 75 años. Tras superar distintos episodios de maltrato y depresión, ya se dijo, el renovado Patch Adams se juró a sí mismo no volver a vivir bajo el yugo de la pena. O al menos a intentarlo con todas sus fuerzas. Estudió medicina, desarrolló lo que hoy se conoce como risoterapia, y fundó en 1971 el Instituto Gesundheit! (así, con la exclamación al final), un centro médico en Virginia Occidental que se sostiene sobre los pilares de la generosidad y la compasión.

Desde entonces, Adams ha emprendido una carrera que lo lleva a viajar por todo el mundo con una comunidad de payasos hospitalarios enorme. Él mismo se ha puesto la nariz roja para llevarles a alegría a enfermos de todos los credos y nacionalidades. Aunque ni siquiera necesite la nariz para transmitir la imagen de ‘clown’: siempre viste colorido, mantiene un mostacho caricaturesco, y por estos días lleva la cabellera mitad cana y mitad azul.

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Por estos días de encierro por el coronavirus, Adams permanece en cuarentena en su casa de Urbana, Illinois. Y a pesar del drama de infectados y muertos que tiene como epicentro mundial a su país, él persiste en mirar el lado positivo de las cosas. “Me siento como en el paraíso, al lado de mi amada Susan –contaba en una entrevista reciente el Doctor de la Risa–. Debido a mis viajes de trabajo, pocas veces pasamos más de dos semanas juntos. Ahora ya tenemos 11 semanas encerrados uno al lado del otro”.

Patch Adams en una de sus visitas al Perú, en el 2007, transmitiendo felicidad a la gente. (Foto: Richard Hirano/Archivo El Comercio)
Patch Adams en una de sus visitas al Perú, en el 2007, transmitiendo felicidad a la gente. (Foto: Richard Hirano/Archivo El Comercio)

LEGADO LOCAL

Las visitas de Adams al Perú no han sido pocas. Y por ello su legado también ha sido vasto. El más conocido, quizá, sea el proyecto Bolaroja que emprendió otra payasa de poderes curativos como Wendy Ramos. Pero en realidad son muchos más los grupos que se han inspirado en ese espíritu vivaz y solidario.

Patch tuvo el gran coraje de sacar a flote lo que muchos estábamos palpitando por dentro”, afirma Sara Castro Palacios, directora y fundadora de la asociación Payasos de Emergencia. “Los pioneros son siempre quienes nos iluminan el camino, y a partir de allí cada institución busca un lineamiento acorde a lo que quiere crear”, agrega sobre su grupo de ‘clowns’, con quienes han visitado hospitales, albergues, cárceles y más lugares con poblaciones vulnerables o de riesgo.

De hecho, en tiempos del COVID-19, Payasos de Emergencia se ha renovado. “Ahora estamos haciendo lo que llamamos visitas humanitarias SOS online. A través del teléfono o la laptop podemos llegar cualquier paciente o persona que esté aislada en casa por el coronavirus”, cuenta Castro Palacios. Sus visitas virtuales han llegado incluso a Chile, Brasil, Argentina e Italia.

Por su parte, David Castañeda, director del grupo Jarabe de clown, también considera a Patch como uno de los referentes más grandes del ‘clown’ hospitalario. “Lo que él logró fue visibilizar que el humor servía, y abrió el paradigma de que el payaso solo podía estar en un circo, el teatro o la televisión. Lo llevó a hospitales, albergues, a la calle”, destaca.

Además, rescato mucho su coherencia –agrega Castañeda–. La filosofía que predica, cómo vive, cómo se viste, cómo se comunica. Él es siempre Patch. Y el ‘clown’ es sinónimo de conexión: no es solo llega, hacer reír a la gente e irte. Porque también hay personas que no quieren reír. Entonces se trata de entablar un vínculo humano auténtico. Empezar a construir. Él nos enseñó eso”.

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