Se llamaba Blanco y Negro. Operaba en el auditorio facilitado por la municipalidad, ubicado en la esquina de la Plaza de Armas de Arequipa, frente a la Iglesia de la Compañía. Recientemente construido, recuerda su moderna mezzanine, las aplicaciones de sillar, sus cómodas butacas. Estamos en 1973, y durante los dos años siguientes, antes de partir a Budapest, una jovencísima Teresa Ruiz Rosas, aún en uniforme escolar, militantemente preparaba programas que, impresos a mimeógrafo, repartía por la ciudad. Con el recordado cineasta José Antonio Portugal como principal instigador de ahora desaparecido cine club, eran los consulados y los fondos de la Universidad Agraria los que les facilitaban las películas: “El acorazado Potemkin” de Sergei Eisenstein, “Andrei Rublev”, de Andréi Tarkovski, películas polacas, italianas, o del Nuevo Cine Alemán, liderado por Rainer Werner Fassbinder, Volker Schlondorff o Werner Herzog. Son los recuerdos de la Guerra Fría, cuando las cintas europeas inundaban el circuito alternativo, y cultivaron la pasión de la escritora.

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