Roger Santiváñez nos lee "Something Going"
Roger Santiváñez nos lee "Something Going"
Juan Carlos Fangacio Arakaki

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La reseña biográfica que aparece en el libro es escueta: “Roger Santiváñez (Piura, 1956) creció escuchando rock and roll”. El gesto es preciso porque para la época en que los poemas de “Something Going” fueron escritos, Santiváñez era apenas un muchacho de 18 o 19 años, casi sin hoja de vida. Recién venía de Piura a estudiar en San Marcos, y no imaginaba que, eventualmente, sería un destacado miembro de movimientos como La Sagrada Familia (1977), Hora Zero (1981) o Kloaka (1982-1986), y una de las voces más interesantes de su generación.

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Pero “Something Going” es un libro especial para Santiváñez por varias razones más. Durante años tuvo la forma de un simple cuaderno espiralado, escrito en tinta líquida (como emulando a ), y así permaneció inédito hasta hoy. Un conjunto de poemas sin título, de aire juvenil y soñador, que lidiaba con temas como los amores posibles e imposibles, la soledad, Jimi Hendrix, la muerte de Mao Tse Tung, y otras cuestiones diversas.

De allí el título “Something Going”: no solo funciona como un homenaje a , sino que es –sobre todo– una declaración de principios en torno a una obra precoz y sin rumbo fijo, que simplemente avanzaba, como escribiéndose sola, desde la más transparente voluntad poética de su autor. De este rescate y reencuentro con los primeros años de inspiración, conversamos con su autor.

Portada y página interna del cuaderno original donde aparecen los poemas de "Something Going" de Roger Santiváñez. (Archivo personal)
Portada y página interna del cuaderno original donde aparecen los poemas de "Something Going" de Roger Santiváñez. (Archivo personal)

¿Por cuántas manos pasó este cuaderno y cómo se recuperó?

Es un cuaderno que escribí por el año 75, cuando recién me mudaba de Piura a Lima. Me olvidé de él porque empecé a escribir otras cosas, a empaparme de la poesía conversacional. Y se quedó allí botado en un cajón de mi escritorio. Pasaron los años 80, comenzaron los 90, y por esa época yo andaba en una bohemia maldita, paraba en Quilca todos los días. Un día, revisando mis cosas, encontré el cuaderno por allí y lo llevé al bar Queirolo. Y hacia la medianoche, cuando salía totalmente pasado de vueltas, lo lancé por los aires y me fui. Yo tenía esa nota: me rayaba y tiraba las cosas. Al día siguiente vuelvo al Queirolo, y un pata me dice “mira lo que encontré”. Había recogido el cuaderno y, como tenía mi nombre, lo guardó. Así es como el cuaderno retorna a mí. Fue así que después fui a visitar a la poeta Dalmacia Ruiz Rosas, que había sido mi enamorada y luego fue una buena amiga, y se lo di para que lo guardé. Siguieron pasando los años, nos olvidamos del asunto, me mudé a Estados Unidos, hasta que en el 2019 fui a ver a Dalmacia y me sacó el cuaderno. Es muy gracioso encontrarte con una vaina que ya ni te acordabas. Entonces me lo traje y en el 2020 Cayre Alfaro de la editorial Personaje Secundario me propuso publicarlo.

Más allá del frío, ¿cuál fue el cambio que más te impactó al pasar de Piura a Lima?

Un montón de cosas. Yo ya conocía Lima porque venía de chico con mi mamá, que tenía familia limeña. Pero ya cuando vine a vivir fue distinto. Ya no unas vacaciones de unos días y regresar luego a mi paraíso piurano. Ya tenía que vérmelas en Lima por mi cuenta. Lo primero que me sacó la mugre fue el frío, como dices. Una cosa insoportable para mí, porque venía de Piura, donde hace calor. Y otra cosa que me llamó la atención fue que Lima era muy grande. En esa época, Piura era pequeñita. Tenía una periferia, pero aún era muy incipiente. Entonces llego a Lima y la muchedumbre en la Abancay y la Colmena me impresionó muchísimo. Pero era bien loco porque me gustaba meterme y sentirme parte de esa multitud. Una cosa alucinante para mí, me sentía el ‘flâneur’ de Baudelaire. Además, quería escribir sobre eso, estaba influenciado por Verástegui, los Hora Zero. Vagaba por las calles, me metía a las librerías, a las tiendas de discos, me tiraba en los parques a escribir. O tomaba la línea 1 que iba por toda la Arequipa hasta Larco, y caminaba hasta el Parque Salazar donde me sentaba a mirar el mar. Así me la pasaba. Estaba como enamorado de Lima, era un descubrimiento para mí.

Roger Santiváñez a los 9 años de edad (al centro con lentes), recibiendo un trofeo como alumno destacado en el colegio San Ignacio de Loyola, en Piura. A la izquierda en la foto aparece Luis Bambarén, quien años después se convertiría en monseñor.
Roger Santiváñez a los 9 años de edad (al centro con lentes), recibiendo un trofeo como alumno destacado en el colegio San Ignacio de Loyola, en Piura. A la izquierda en la foto aparece Luis Bambarén, quien años después se convertiría en monseñor.

“Something Going” también puede ser leído como un libro sobre la soledad. ¿Tan solo estabas? ¿O era la soledad a veces inducida de los poetas jóvenes?

Quizá un poco de las dos cosas, tienes razón. Por un lado sí estaba la soledad que uno lee en los libros, que siempre está presente en la poesía. Pero también es cierto que mi soledad personal era grande. Cuando llegué a Lima, si bien tenía unos familiares y conocí a unos pocos amigos, en el fondo de mi alma y mi corazón yo era un solitario. Como te decía, mi placer favorito era abandonarme, y experimentar esa soledad tremenda de vagar por las calles.

¿Y cómo lee el Roger Santiváñez de hoy a ese joven Roger Santiváñez?

Justamente hace unos días estaba pensando en aquella época cuando tenía 19 años. Pensaba que sí, que yo era ese pata. Pero ¿dónde está ese joven?, pensaba. Ya no está, no existe. Es como si no hubiera existido, o como si hubiera muerto. Es bien loco eso. Y sin embargo soy yo, me decía. Qué increíble es esta vaina del tiempo. Cuando recibí el cuaderno comencé a recordar quién era yo, qué pensaba, cómo sentía. Este libro queda también como un testimonio de cómo era yo en esos días. Y sin duda uno ya no es el mismo, pero al mismo tiempo es la misma persona. Fíjate una cosa: en esa época no me provocó publicar los poemas. Quiero decir, a los siguientes años de escribirlos pensaba que eran una cosa muy juvenil, y quizá por eso se quedaron allí guardados. Pero ahora último, al leerlos me di cuenta de que no estaban tan mal…

Hubo una reconciliación…

Sí, es increíble. Me acuerdo que una vez un profesor, Luis Fernando Vidal, me explicaba que en la literatura las obras tienen una estructura. Y que a veces, con el tiempo, los elementos de esa estructura se mueven, te dan otra lectura. Pensé que quizá eso es lo que pasó acá, y por eso me gustan los poemas ahora, cosa que no me había parecido durante mucho tiempo. Y bueno, hay que rescatarlos, dije.

Un joven Roger Santiváñez junto a su promoción escolar.
Un joven Roger Santiváñez junto a su promoción escolar.

Por último, Roger, leí en tu Facebook que tienes unos problemas de salud. ¿Cómo va con eso?

Mira, yo tengo un problema congénito en el corazón. Hace cinco años me pusieron un ‘bypass’, tengo el corazón remendado. Digamos que no está bien. Tengo una opresión y dolores, una molestia eventual. Y la verdad es que en cualquier momento el corazón suena, pues. Entonces, es difícil decirlo, pero hay que estar preparado. Y ya estoy preparado. No hay de otra, es inexorable. Como me dijo el médico, “al menos ya sabes de qué vas a morir”. Pendejo el gringo.

“Something Going”

Autor: Roger Santiváñez

Editorial: Personaje Secundario

Páginas: 68

El poemario puede adquirirse en la .

Portada de "Somthing Going", poemario rescatado de Roger Santiváñez (Piura, 1956). (Foto: Renzo Salazar)
Portada de "Somthing Going", poemario rescatado de Roger Santiváñez (Piura, 1956). (Foto: Renzo Salazar)

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