Dos fotos de la infancia y juventud de Luis Hernández flanquean la portada de "Una impecable soledad", reciente reedición de la obra del poeta. (Fotos: Pesopluma)
Dos fotos de la infancia y juventud de Luis Hernández flanquean la portada de "Una impecable soledad", reciente reedición de la obra del poeta. (Fotos: Pesopluma)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

era y no era Shelley Álvarez. Esa compleja relación entre autor y personaje es uno de los aspectos más interesantes de “Una impecable soledad”, la más reciente de las obras reeditadas del poeta peruano. Álvarez, el protagonista, es un músico algo errante, como esa silueta recortada entre las teclas blanquinegras de un piano que ilustra la bella portada del libro. Hernández Camarero, por su lado, no era tan buen pianista pero lo intentaba. Y su melomanía frecuentaba a los mismos artistas que su creación: Händel, Prokófiev, Charles Ives. Los músicos que ponen la banda sonora de esta novelita fragmentaria y apasionante.

“Shelley Álvarez es una especie de alter ego de Hernández, así como lo era Gran Jefe un Lado del Cielo o Billy the Kid”, dice el editor de la publicación, Teo Pinzás. “Hernández y Álvarez tienen el mismo carro, van a los mismos lugares, y además Lucho tuvo también momentos de su vida en que estuvo alienado, deambulando. Un ente hipersensible y desubicado en su tiempo. Esa coexistencia de figuras te permite hacer encadenamientos a la parte biográfica del poeta, que convierten a este libro en un conjunto muy especial”, agrega.

Son varios los pasajes en los que Hernández hace de su pasión por el arte musical una declaración de principios. Como cuando escribe:

Mi primer Amor fue La Música

Mi segundo Amor fue el Amor

A La Música. Mi tercer

Amor fue triste y feliz

“La poesía es también melodía y ritmo, algo que en Hernández se explota mucho porque tenía buen oído y era melómano –afirma Pinzás–. Entonces allí también hay una filtración de lo musical, porque su poesía tiene un ‘sonido’, un ‘ritmo’ propio. Cuando lees a Hernández, la musicalidad de sus textos es inconfundible, es como un sello de agua en su obra”.

En ese sentido, “Una impecable soledad” es un libro que parece haber nacido para ser oído tanto como para ser leído. Según versión del músico Kike Wangeman, quien fuera amigo cercano de Hernández, la obra también tuvo la forma de una radionovela hoy inhallable. “No sé si el libro nació como radionovela o si lo convirtieron en algún momento. Pero alguien le pagaba al poeta para que lo transmitiera así. Y los capítulos del libro son justamente episodios de la radionovela”, explica Pinzás.

Luis Hernández escribió "Una impecable soledad" a mediados de los años 70. La reedición incluye algunas imágenes de sus manuscritos.
Luis Hernández escribió "Una impecable soledad" a mediados de los años 70. La reedición incluye algunas imágenes de sus manuscritos.

ARMONÍA EN EL CAOS

“Una impecable soledad” fue el proyecto inicial que el equipo de la editorial Pesopluma intentó relanzar, cuando hicieron el primer acercamiento a la familia Hernández, hace cinco años. En el camino, sin embargo, se fueron desviando hacia otras publicaciones del poeta, como “Las islas aladas”, “El estanque moteado” o “Vox horrísona”, así como algunas versiones facsimilares de sus cuadernos, todas editadas con puntillosa factura.

Y si ahora sale por fin a la luz es gracias a dos impulsos claves: primero, los Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura que obtuvieron el año pasado, y que les permitieron confeccionar un libro que demandaba mucho trabajo de diseño y detalles paratextuales; y segundo, la tesis del licenciado de Literatura de la PUCP Diego García Flores, minuciosa investigación sobre la que se sostiene el libro, tras la lógica adaptación de su formato académico a la de un trabajo de más fluida lectura.

¿Dónde se ubica, entonces, “Una impecable soledad” dentro de la dispersa obra hernandiana? Pinzás tiene un punto de vista: “Me parece que supone un intento de organizar materiales que no era común en Hernández. Él no solía darle continuidad a un solo material, sobre todo a nivel narrativo. Y si bien es cierto que hay otros ejemplos similares, creo que es en este libro donde lo llevó más lejos. Es mucho más orgánico que otros conjuntos narrativos”.

Finalmente, las dudas sobre si esta forma de publicación coincide con el designio de Hernández Camarero solo podrían resolverse desde el terreno de la especulación. Cierto es que muchos de sus trabajos hoy conocidos fueron solo cuadernos caligrafiados que él regalaba a sus amigos; pero poco antes de su trágico fallecimiento, en 1977, Hernández ya tenía la predisposición para publicar su obra, al punto de que comenzó a trabajar junto a Nicolás Yerovi en el formidable “Vox horrísona”, que debió aparecer póstumamente.

“Fueron etapas distintas de su obra, y hacia el final de su vida él estaba muy entusiasmado con publicar –asegura Pinzás–. Si hemos logrado lo que él buscaba, difícil saberlo. Pero me gusta pensar que él estaría feliz con esto”.


Presentación del libro

Participan Andrea Cabel, Luis Fernando Chueca y Diego García Flores.

Hoy, 7 p.m., en el .


‘Booktrailer’ de “Una impecable soledad”


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