Cada año, la Semana Mundial del Agua (World Water Week) reúne en Estocolmo (Suecia) a expertos, funcionarios y organizaciones para debatir el futuro del agua en el planeta. Es una conversación técnica necesaria y urgente, que promueve avances reales. Pero también nos recuerda una desconexión que vale la pena nombrar: buena parte de esas discusiones ocurre a miles de kilómetros de los ríos donde ese futuro en realidad se juega. Y la región que alberga la mayor reserva de agua dulce del mundo (la Amazonía) es, al mismo tiempo, la que menos acceso tiene a agua tratada y segura.
En la Amazonía peruana, solo el 9,8% de las comunidades rurales cuenta con sistemas de agua potable que funcionan adecuadamente, según el Diagnóstico sobre Abastecimiento de Agua y Saneamiento en el Ámbito Rural, del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento. En algunos distritos de Loreto, esta carencia se traduce en que hasta el 84% de los niños menores de tres años sufre de anemia, una consecuencia directa de beber agua sin tratar y crecer sin saneamiento básico.
¿Por qué hemos llegado a esta situación crítica? No por falta de inversión. El Estado ha destinado más de US$500 millones a través de 252 proyectos de agua y saneamiento en la región. Sin embargo, las municipalidades no ejecutan el 41,7% de sus presupuestos y, donde se gasta, no hay correlación entre la inversión y el avance físico. Como vemos, dinero no falta. Es en el modelo de gestión donde recae el peso de esta ineficiencia.
Que las familias amazónicas vivan del río tampoco es el problema: el río ha sido desde tiempos inmemoriales, y sigue siendo, el centro de la vida en la Amazonía. El problema es un modelo de gestión desconectado del territorio, que ha llegado con sistemas convencionales que no fueron diseñados específicamente para estas comunidades: requieren grandes cantidades de gasolina, repuestos difíciles de encontrar y operadores con formación técnica difíciles de encontrar en la región. Y, más grave aún, muchas veces se ejecutan sin las comunidades: sin escuchar qué tienen que decir al respecto, sin capacitarlas y sin integrarlas en el diseño de estas soluciones. Los proyectos se llevan a cabo para ellas, sí, pero por alguna razón sin ellas.
Por eso, desde la Fundación Encuentros creemos que la solución no puede replicar esa misma lógica. Como toda fundación territorial, trabajamos al revés: empezamos por el territorio y construimos junto a las comunidades, no para ellas. La Semana Mundial del Agua es la ocasión perfecta para recordar que el agua segura en la Amazonía no es solo un derecho humano, sino también la condición habilitante para que sus comunidades desplieguen todo su potencial, fortalezcan su gobernanza y sigan siendo las guardianas del bosque que regula el clima del planeta.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.