La política peruana ya no se define por programas ni ideologías, sino por un intangible que hoy pesa más que cualquier plan de gobierno: el carisma digital.
No se trata de ser simpático en mítines ni de soltar frases ingeniosas en entrevistas televisivas, sino de saber encender la pantalla del celular y conquistar audiencias en TikTok, Instagram o YouTube. Allí, donde millones de jóvenes consumen contenido a velocidad de scroll, se juega ahora una parte decisiva del poder.
Martín Vizcarra fue, sin proponérselo, el primer político influencer del país. En plena pandemia, su tono llano y sus transmisiones al mediodía lograron lo que ningún estratega había calculado: convertir la angustia colectiva en ráting digital. Luego, ya fuera de Palacio, migró a TikTok y se instaló en el top local de los creadores de contenido, como si la transición de presidente a ‘streamer’ hubiera sido natural. Hoy, con él en prisión preventiva, ese espacio ha quedado vacante. Y la política, como siempre, no tolera los vacíos por mucho tiempo. ¿Quién es el siguiente influencer de la política local?
Responder esa pregunta implica reconocer qué significa ostentar lo que podríamos llamar carisma digital.
Esto no implica acumular seguidores como quien colecciona estampitas. Es generar un vínculo afectivo, una identificación que hace que la gente sienta que el político es parte de su día a día. Una transmisión en ‘live’ improvisada desde el auto puede tener más impacto que una conferencia de prensa. Un meme compartido a tiempo vale más que diez entrevistas en medios tradicionales. El carisma digital convierte al político en alguien cercano, auténtico y, sobre todo, digno de ser seguido.
La pandemia consolidó la lógica influencer. Jóvenes encerrados encontraron compañía en transmisiones en vivo, y al salir del confinamiento mantuvieron el hábito. Ser influencer es ser un ‘recursero’ digital: alguien que entendió que las plataformas son nuevos mercados laborales y políticos. Allí donde otros venden productos, el político vende narrativas. Y la moneda de cambio ya no es solo el voto: son los likes, los ‘shares’.
En este ecosistema, la solemnidad es un estorbo. Lo que atrae es la mezcla de humor, vulnerabilidad y cotidianidad. Mostrar el almuerzo, tropezar en vivo, reírse de sí mismo: todo eso suma. Y esa autenticidad percibida es la que otorga valor.
Es probable que en las elecciones del 2026 también figuren en las listas del nuevo Congreso influenciadores de toda estirpe que, saltándose la escalera de partidos, gremios y sindicatos, lleguen directamente al electorado a golpe de pantalla de celular.
Lo provocador de este momento es que el carisma digital puede pesar más que la ideología, más que el partido y hasta más que la billetera. Un candidato puede carecer de estructura y recursos, pero si logra entrar al algoritmo correcto y generar identificación, puede convertirse en favorito. La política peruana, fragmentada y desconfiada de las instituciones, es terreno fértil para este tipo de experimentos.
Claro, el riesgo es enorme. La audiencia digital es volátil porque cambia de lealtad con la misma rapidez con que desliza el dedo. Hoy eres tendencia, mañana eres meme. Pero esa fragilidad no resta fuerza al fenómeno: la política ya se juega también en el territorio de los influencers. Y allí lo que importa no es el discurso, sino la capacidad de hacerse viral.
El vacío dejado por Vizcarra será ocupado pronto. No por quien tenga el mejor plan de gobierno, sino por quien entienda que el poder ya no se conquista en mítines ni en portadas, sino en el celular de millones de jóvenes votantes. El próximo gran político peruano no será recordado por su oratoria, sino por su carisma digital y, si es audaz, por sus buenas ideas formateadas en memes.
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