Hoy hay 30 millones de nuevos pobres, se han perdido casi 12 millones de empleos, el 50% de las pymes está entrando en bancarrota y el 43% de las empresas están temporalmente cerradas. Mirando hacia adelante, se va a requerir atención a la emergencia, a la convalecencia –una vez controlado el COVID-19 y dejado atrás los confinamientos– y a la recuperación –estar listos para crecer en un mundo más exigente y en el que las brechas se van a haber profundizado–.
Además, a lo largo de esta secuencia temporal, se tienen que atender tres grandes frentes: proteger la salud y el bienestar básico de la población más vulnerable, proteger el tejido productivo (compuesto por empresas que van desde las micro, que generan mucho empleo aunque de baja productividad, hasta las grandes, que son los motores de la economía) y contar con la robustez y la credibilidad financieras para poder cubrir al máximo, pero sosteniblemente, las necesidades.
Como es claro, las necesidades son más grandes de lo que el más generoso de los gobiernos de la región puede atender. En un artículo anterior, mencioné que esta pandemia rebasa los aspectos técnicos y nos enfrenta a lo que, en liderazgo, se define como un ‘desafío adaptativo’ (para volver a utilizar los términos del profesor Ronald Heifetz). Un desafío adaptativo implica que los líderes formales e informales piensen, no solo en qué priorizar, sino también en cómo generar alianzas, cómo comunicar y cómo acompañar a tantos que ven sus sueños más lejos. Hace un par de semanas, tuve la oportunidad de volver a entablar contacto con otro importante propulsor del liderazgo sistémico, Adam Kahane, que tiene un libro titulado: “Colaborando con el enemigo”.
Lo poderoso de la tesis de Kahane es que nos muestra la necesidad de colaborar con aquellos que piensan distinto, que no nos agradan, y en los que no confiamos (y viceversa). La colaboración convencional requiere de entender un problema de la misma manera y, sobre esa base, acordar un plan. Esto, en la coyuntura actual de muchos países, resulta difícil, porque hay grandes necesidades, mucha angustia sobre el futuro y una profunda desconfianza entre las fuerzas políticas, sociales y económicas de la sociedad. Por eso, resulta interesante explorar la idea de la colaboración “con el enemigo”, que implica aceptar el conflicto, abrirse a experimentar para avanzar por aproximaciones sucesivas, y entender que todos son (somos) parte del problema –Estado ineficaz y corrupto, empresas insensibles y oligopólicas, evasores de impuestos e informales–. En este tipo de colaboración, no cabe esperar convencer a los otros sobre la razonabilidad o bondad de la receta de uno (sea esta gastar más en los vulnerables o salvar a las empresas para que haya crecimiento y empleo, o cuidar la macroeconomía y la sostenibilidad fiscal). Solo cabe involucrarse en la negociación de buena fe para encontrar soluciones que funcionen, al menos mínimamente, para todos, siempre y cuando haya avances en lo que se va decidiendo.
De alguna manera, las idas y vueltas en torno al confinamiento que hemos visto en la región son aproximaciones sucesivas en la búsqueda del balance entre proteger la salud y evitar el colapso de la economía. Esto, que nos ha frustrado a muchos en lo personal, no es malo per se y puede ser parte de un aprendizaje en este camino a una nueva y necesaria forma de colaborar. Cada vez estoy más convencida de que, además de los análisis y las soluciones técnicas basadas en la mejor información y evidencia, esta pandemia requiere de un esfuerzo mayor por parte de los líderes en todo nivel para que, ante este desafío adaptativo, comencemos a colaborar “con el enemigo”. Eso es lo que demanda el construir un destino compartido.