Especialmente en época electoral, puede generarse la sensación de que las posiciones en debate están tan alejadas que cualquier consenso político es inviable. La misma campaña nos machaca esas discrepancias, por efecto de la competencia entre candidatos por captar nuestro voto. Esto puede llevarnos a pensar que, pasadas las elecciones, va a ser imposible que entre oficialismo y oposición se pongan de acuerdo, incluso en aquellos temas en los que la ciudadanía clama soluciones. ¿Debemos entonces asumir que las agendas de los actores políticos son irreconciliables y tirar la toalla, o existe alguna manera de facilitar que se acerquen en sus posiciones?
Puede parecer ingenuo confiar en esta última posibilidad, pero no queda otra, porque, con un sistema político tan fragmentado como el nuestro, no vamos a poder avanzar ni mucho menos resolver los problemas más acuciantes que enfrentamos, si no desarrollamos transversalmente la capacidad de forjar esos acuerdos mínimos.
Hay dos razones para no descartar de plano este esfuerzo. Una es que la polarización propia de los procesos electorales pero, sobre todo, la que generan las redes sociales en el día a día, puede estar causándonos la impresión de que las diferencias son mayores de lo que realmente son. Quizás nuestras posiciones no son tan irreconciliables como creemos, o tal vez son más los temas en los que sí podemos coincidir que aquellos en los que la discrepancia es insalvable.
Lo segundo es que en buena hora si los políticos muestran voluntad de avanzar en este frente, pero la sociedad civil puede perfectamente empezar a trabajar en ello por cuenta propia y dar el ejemplo.
Yo estoy convencido de que esto es factible. Por eso, desde las iniciativas en las que participo, Comité y Recambio, he venido impulsando procesos estructurados de diálogo entre especialistas ideológicamente diversos para demostrar que eso sí se puede hacer y con resultados valiosos.
Por ejemplo, en Comité acabamos de terminar un proceso de diálogo sobre cómo transformar la educación básica regular en el país con 10 participantes que traían a la mesa ópticas muy distintas, a quienes menciono porque les tengo un profundo agradecimiento: Hugo Díaz, Killa Miranda, Helí Ocaña, Jorge Yzusqui, Mónica Muñoz-Nájar, Santiago Cueto, León Trahtemberg, María Luisa Hoyos, Paul Neira y Lieneke Schol.
Con extraordinario compromiso y ánimo democrático, los dialogantes consensuaron 11 propuestas en cinco ejes: 1) cómo hacemos para poner al estudiante verdaderamente al centro; 2) cómo potenciamos la formación docente y la capacitación de los directores de escuelas; 3) cómo reducimos lo más rápido posible las inequidades en el sector educativo; 4) cómo facilitamos que las escuelas puedan adaptarse mejor a su entorno e innovar; y 5) cómo promovemos un arreglo institucional que asegure estabilidad en la política pública educativa.
Esto no fue sencillo. Hemos tenido meses de conversaciones para ir construyendo de a pocos los consensos. Pero, cuando los dialogantes están comprometidos con el tema que los convoca, eso puede más. Por eso el objetivo se logró y los consensos están listos para ser presentados como una contribución al debate electoral. Así como este, tenemos otros cinco diálogos en proceso. Desde Recambio y en alianza con la Red Peruana de Universidades, se están trabajando cuatro en seguridad ciudadana, democracia e instituciones, descentralización, y educación superior, y desde Comité estamos por empezar uno sobre cómo formalizar el empleo.
Cada uno de ellos es un reto enorme en sí mismo, sobre todo si uno trabaja con base en la regla de unanimidad. No se puede cantar victoria sino hasta que todos hayan manifestado su voto aprobatorio. Pero, cuando eso ocurre, uno comprende que sí se pueden generar las condiciones para que el Perú progrese desde el consenso. No debemos perder nunca esa esperanza.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.